+ Felipe Arizmendi Esquivel
http://www.diocesisancristobal.com.mx
VER
El 13 de noviembre pasado, en Ciudad del Vaticano, se firmó un Acuerdo entre la Santa Sede y Brasil, por el que, entre otros elementos, se reconoce la personalidad jurídica de instituciones católicas, la enseñanza de la religión católica en las escuelas juntamente con la de otras confesiones religiosas, el examen de las sentencias eclesiásticas en materia matrimonial (validez civil a los procesos canónicos), la inserción de espacios para la construcción de edificios religiosos en los planes urbanísticos y el reconocimiento de los títulos académicos eclesiásticos. De esta forma, como expresó Mons. Dominique Mamberti, de la Secretaría de Estado en nombre del Papa Benedicto XVI, “se garantiza, por una parte, la sana laicidad del Estado y, por otra, el libre ejercicio de las actividades de la Iglesia en todos los ámbitos de su misión”.
En México, el llamado “Foro Intereclesiástico”, del que no participa la Iglesia Católica, está abogando por elevar a rango constitucional el carácter laico del Estado. Dicen que es con el fin de que éste actúe de manera neutral ante las diversas creencias de la población, se garantice la libertad de conciencia de todos los individuos, se otorgue un trato igualitario y respetuoso a todas las Asociaciones Religiosas. Sin embargo, se nota en su espíritu el deseo de quitar fuerza social a la Iglesia Católica, como si nuestra historia patria pudiera borrar lo que ésta ha significado para el país en todos los órdenes, sociales y culturales, no sólo religiosos. ¡Habrían de aprender de Brasil!
JUZGAR
El Concilio Vaticano II afirmó al respecto: “La comunidad política y la Iglesia son entre sí independientes y autónomas en su propio campo. Sin embargo, ambas, aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social de los mismos hombres. Este servicio lo realizarán tanto más eficazmente en bien de todos cuanto procuren mejor una sana cooperación entre ambas, teniendo en cuenta también las circunstancias de lugar y tiempo. Pues el hombre no está limitado al mero orden temporal, sino que, viviendo en la historia humana, conserva íntegra su vocación eterna” (Gaudium et spes, 76).
Al comentar el Acuerdo entre la Santa Sede y Brasil, Mons. Mamberti dijo: “Deseo subrayar que estaría fuera de lugar hablar de privilegio, porque no puede considerarse privilegio el reconocimiento de una realidad social de tan gran relieve, no sólo histórico, sino también actual, como es la Iglesia Católica en Brasil, sin quitar con esto nada de cuanto, en una sociedad pluralista, corresponde a los ciudadanos de otra fe religiosa o de diversa convicción ideológica”.
ACTUAR
Hay que seguir afinando conceptos, sobre lo que significa un Estado laico. Algunos se han quedado en el pasado y quisieran eliminar todo símbolo religioso en espacios públicos, como está pasando en España. Se les nota una aversión, un odio a todo lo que huela a religión, en particular a lo católico. Quizá porque en otros tiempos hubo prepotencia de nuestra parte, y se imaginan que queremos imponer el catolicismo a todo mundo. Nada de eso. Cuando hoy se habla de laicidad, se pide respeto a la plena libertad religiosa de todos, católicos y protestantes, judíos y musulmanes, creyentes y no creyentes.
Laicidad es legislar para que lo religioso se pueda vivir también en la sociedad, en la política, en la educación, en los medios de comunicación, y no sólo en las conciencias, en los hogares y en los templos. No basta lo que dice el artículo 24 de nuestra Constitución. La religión, bien entendida, se vive en todos los momentos y espacios de la existencia, individual y social. Sólo los desconfiados quisieran impedir nuestros justos derechos a la libertad. Sólo ellos la quisieran disfrutar para ofendernos y descalificarnos.
No teman ateos, gobernantes, legisladores y creadores de opinión. No pretendemos imponer el catolicismo en las leyes y en la vida pública, sino sólo defender el derecho de todo ciudadano, de cualquier tendencia, a su plena libertad religiosa. Y en esto, deberíamos unirnos todos, católicos y protestantes.
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El 13 de noviembre pasado, en Ciudad del Vaticano, se firmó un Acuerdo entre la Santa Sede y Brasil, por el que, entre otros elementos, se reconoce la personalidad jurídica de instituciones católicas, la enseñanza de la religión católica en las escuelas juntamente con la de otras confesiones religiosas, el examen de las sentencias eclesiásticas en materia matrimonial (validez civil a los procesos canónicos), la inserción de espacios para la construcción de edificios religiosos en los planes urbanísticos y el reconocimiento de los títulos académicos eclesiásticos. De esta forma, como expresó Mons. Dominique Mamberti, de la Secretaría de Estado en nombre del Papa Benedicto XVI, “se garantiza, por una parte, la sana laicidad del Estado y, por otra, el libre ejercicio de las actividades de la Iglesia en todos los ámbitos de su misión”.
En México, el llamado “Foro Intereclesiástico”, del que no participa la Iglesia Católica, está abogando por elevar a rango constitucional el carácter laico del Estado. Dicen que es con el fin de que éste actúe de manera neutral ante las diversas creencias de la población, se garantice la libertad de conciencia de todos los individuos, se otorgue un trato igualitario y respetuoso a todas las Asociaciones Religiosas. Sin embargo, se nota en su espíritu el deseo de quitar fuerza social a la Iglesia Católica, como si nuestra historia patria pudiera borrar lo que ésta ha significado para el país en todos los órdenes, sociales y culturales, no sólo religiosos. ¡Habrían de aprender de Brasil!
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El Concilio Vaticano II afirmó al respecto: “La comunidad política y la Iglesia son entre sí independientes y autónomas en su propio campo. Sin embargo, ambas, aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social de los mismos hombres. Este servicio lo realizarán tanto más eficazmente en bien de todos cuanto procuren mejor una sana cooperación entre ambas, teniendo en cuenta también las circunstancias de lugar y tiempo. Pues el hombre no está limitado al mero orden temporal, sino que, viviendo en la historia humana, conserva íntegra su vocación eterna” (Gaudium et spes, 76).
Al comentar el Acuerdo entre la Santa Sede y Brasil, Mons. Mamberti dijo: “Deseo subrayar que estaría fuera de lugar hablar de privilegio, porque no puede considerarse privilegio el reconocimiento de una realidad social de tan gran relieve, no sólo histórico, sino también actual, como es la Iglesia Católica en Brasil, sin quitar con esto nada de cuanto, en una sociedad pluralista, corresponde a los ciudadanos de otra fe religiosa o de diversa convicción ideológica”.
ACTUAR
Hay que seguir afinando conceptos, sobre lo que significa un Estado laico. Algunos se han quedado en el pasado y quisieran eliminar todo símbolo religioso en espacios públicos, como está pasando en España. Se les nota una aversión, un odio a todo lo que huela a religión, en particular a lo católico. Quizá porque en otros tiempos hubo prepotencia de nuestra parte, y se imaginan que queremos imponer el catolicismo a todo mundo. Nada de eso. Cuando hoy se habla de laicidad, se pide respeto a la plena libertad religiosa de todos, católicos y protestantes, judíos y musulmanes, creyentes y no creyentes.
Laicidad es legislar para que lo religioso se pueda vivir también en la sociedad, en la política, en la educación, en los medios de comunicación, y no sólo en las conciencias, en los hogares y en los templos. No basta lo que dice el artículo 24 de nuestra Constitución. La religión, bien entendida, se vive en todos los momentos y espacios de la existencia, individual y social. Sólo los desconfiados quisieran impedir nuestros justos derechos a la libertad. Sólo ellos la quisieran disfrutar para ofendernos y descalificarnos.
No teman ateos, gobernantes, legisladores y creadores de opinión. No pretendemos imponer el catolicismo en las leyes y en la vida pública, sino sólo defender el derecho de todo ciudadano, de cualquier tendencia, a su plena libertad religiosa. Y en esto, deberíamos unirnos todos, católicos y protestantes.




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