19 de febrero de 2008
Realizamos esta peregrinación en la segunda semana de Cuaresma, que es un tiempo dedicado a prepararnos a la gran fiesta central de nuestra fe, la Pascua: el paso de Jesucristo de la muerte a la resurrección, y el paso de los cristianos del pecado a la vida de Dios, de la oscuridad a la luz y de la esclavitud a la libertad en que debemos vivir todos.
La Cuaresma tiene tres grandes elementos: el ayuno, la oración y la limosna. El ayuno implica el sacrificio del cuerpo, comer menos, abstenerse de cosas que nos gustan. La oración es la súplica constante al Señor, para que nos ayude a vencer nuestras propias tentaciones y los pecados del mundo. La limosna es justicia, es compartir con los que están más pobres que nosotros, es hacer nuestros los sufrimientos de los demás. Los tres elementos han estado presentes en esta peregrinación. Se ha hecho mucho sacrificio al venir de lejos, caminar, ayunar y privarse del sueño y de los alimentos ordinarios. Hemos venido haciendo oración, pues no se trata de una marcha, ni de un mitin político, y estamos culminando con la Eucaristía, que es la oración más importante en nuestra vida cristiana. La limosna que hoy hacemos es nuestra solidaridad con los encarcelados injustamente, con los migrantes y con los que sufren.
La Palabra de Dios que ha correspondido a este día, es muy iluminadora. Dice el profeta Ezequiel, en la aclamación antes del Evangelio: “Purifíquense de todas sus iniquidades; renueven su corazón y su espíritu” (Ez 18,31). Y lo mismo nos dice, en la primera lectura, el profeta Isaías, quien se dirige tanto a los príncipes (los gobernantes), como a todo el pueblo: “Lávense y purifíquense; aparten de mi vista sus malas acciones. Dejen de hacer el mal, aprendan a hacer el bien, busquen la justicia, auxilien al oprimido, defiendan los derechos del huérfano y la causa de la viuda…Si son ustedes dóciles y obedecen, comerán los frutos de la tierra. Pero si se obstinan en la rebeldía, la espada los devorará” (Is 1,10.16-20).
¿Cuáles son, entre nosotros, esas iniquidades y esas malas acciones de que hablan los profetas Ezequiel e Isaías? Enumero algunas de las que describieron los participantes en la última asamblea del Pueblo Creyente, el 22 y 23 de noviembre pasado: Aumenta la venta y el consumo de trago. Hay división en las organizaciones por falta de acuerdo. Unas autoridades no cumplen las obras que prometieron. Algunos jóvenes se matan. Amenazas de desalojo a algunas comunidades. Muertes de migrantes. Presencia del ejército que entra a revisar a las comunidades y en los cruceros. Intento de privatizar el agua. Conflictos por venta y compra de parcelas por el Procede, porque muchas comunidades están entrando a este programa. Despojos de tierras entre organizaciones. División por los partidos políticos. Alza de los productos de primera necesidad y alta tarifa de la luz. Conflictos agrarios. Abandono y empobrecimiento del campo. División en comunidades por el alcoholismo, por la droga y por los proyectos del gobierno. Intento de privatizar los humedales de San Cristóbal. Falta suministro de agua. Deforestación por construir casas para los ricos. Las tiendas grandes acaban las costumbres. Problema de colindancias entre Chenalhó y Chalchihuitán. Problemas entre autoridades autónomas y oficiales. La persistencia de la tortura, como método policiaco para presionar a los detenidos, violando sus derechos humanos fundamentales.
A la pregunta que se hizo en la misma asamblea del Pueblo Creyente: “¿Qué estamos perdiendo como pueblo y comunidad?”, respondieron, entre otras cosas: Estamos perdiendo la fuerza de la unidad y la fraternidad, porque hay desacuerdo y desánimo. Algunos catequistas ya no cumplen su servicio. Se pierden los valores religiosos, la identidad, el respeto, el sentido de la vida, la fe, nuestra cultura, las costumbres, las reuniones comunitarias, nuestra forma de pensar y de cultivar la tierra, las semillas. Se pierde la unidad en la familia y en la Iglesia. Estamos perdiendo el respeto al medio ambiente. Por la migración, se pierden las costumbres y los acuerdos de las comunidades. Por programas como ANECOF, mucha gente es engañada y pierde su dinero. Algunos buscan una salvación fácil, sin querer ver la realidad, y se cambian a otras religiones y sectas. Los jóvenes ya no quieren servir, sino sólo ver películas e ir a las drogas y la prostitución. Los programas de gobierno generan divisiones, porque muchos los aceptan, pues tienen necesidad y reciben lo que en justicia merecen para remediar en parte su pobreza; pero otros los rechazan, porque los consideran como una forma de perder su libertad y su dignidad. Nosotros respetamos la decisión de los pueblos, pero nos duelen sus divisiones internas.
Ante todo este panorama tan sombrío, tan lleno de pecado, de injusticia, de muerte, fruto del sistema y de los malos gobiernos, fruto también de nuestras propias fallas, nos dice el Señor en el salmo responsorial: “No voy a reclamarte sacrificios… ¿Por qué citas mis preceptos y hablas a toda hora de mi pacto, tú que detestas la obediencia y echas en saco roto mis mandatos… Te reprenderé y te echaré en cara tus pecados… Yo salvaré al que cumple mi voluntad”.
Todos estamos invitados a la conversión: gobernantes, autoridades, legisladores, jueces, educadores, comunicadores, ministros pastorales y el resto del pueblo. No seamos, según el Evangelio, como los escribas y fariseos, que “dicen una cosa y hacen otra… Hacen cargas muy pesadas y las echan sobre las espaldas de los demás, pero ellos ni con el dedo las quieren mover. Todo lo hacen para que los vea la gente”. Asumamos nuestras propias responsabilidades y no pongamos la fuerza de nuestra peregrinación en que se publique la noticia en los medios informativos, para presumir que hacemos algo, sino en la pureza de nuestro corazón y en la rectitud de nuestras intenciones. Jesús recomienda ayunar, orar y compartir en secreto. Nuestro Padre Dios nos escuchará y recompensará.
El salmo responsorial que cantamos nos ayuda a hacer oración lo que traemos en el corazón: “Muéstranos, Señor, el camino de la salvación”. Ayúdanos a descubrir tus caminos y cumplir tu voluntad. Acepta nuestra peregrinación, como un sacrificio agradable a tu corazón, unido al sacrificio redentor, salvador y liberador de Jesús, que actualizamos en esta Eucaristía. Acepta la huelga de hambre de Zacario Hernández Hernández y el dolor de los demás detenidos: Pascual Heredia Hernández, Enrique Hernández Hernández, Angel Concepción Pérez Gutiérrez y Francisco Pérez Vázquez, para que pronto obtengan su libertad. Te damos gracias porque ya quedaron libres los detenidos de Guadalupe, y porque Mariano Heredia Gómez, de 88 años y enfermo, ya está fuera de la cárcel y en proceso de integrarse a su hogar. Es lo mismo que esperamos para todos.
Te ofrecemos, Señor, en este ofertorio, nuestra peregrinación, para que los hermanos presos puedan pronto salir libres; para que se haga plena justicia en el caso de Acteal; para que los migrantes encuentren una vida digna y se respeten sus derechos, dentro y fuera del país. Te pedimos por los niños concebidos en el seno materno, para que no los aborten, y que la Suprema Corte de Justicia de la Nación los proteja. Que no haya más violación de los derechos humanos, sobre todo de los pobres. Que demos a las mujeres el lugar que tú quieres, tanto en la familia y en la sociedad, como en la misma Iglesia. Te rogamos que se encuentren soluciones a los desequilibrios que trae la completa apertura agrícola del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá. Te ofrecemos nuestra peregrinación para que nos regales más vocaciones autóctonas al sacerdocio y a la vida consagrada, que sientan y compartan el dolor de los pobres, que sean humildes servidores de tu pueblo. Que podamos nuevamente ordenar diáconos permanentes. Que seamos católicos de verdad; es decir, discípulos y misioneros tuyos. Ayúdanos a vivir la unidad que tú quieres, tanto en nuestras parroquias y en nuestra diócesis, como con los hermanos de otras religiones. Que la fuerza del Espíritu, presente en esta peregrinación, nos siga llevando a construir una paz justa, permanente y fraterna en todas nuestras familias y comunidades. Así sea.
+ Felipe Arizmendi Esquivel
Obispo de San Cristóbal de Las Casas
Realizamos esta peregrinación en la segunda semana de Cuaresma, que es un tiempo dedicado a prepararnos a la gran fiesta central de nuestra fe, la Pascua: el paso de Jesucristo de la muerte a la resurrección, y el paso de los cristianos del pecado a la vida de Dios, de la oscuridad a la luz y de la esclavitud a la libertad en que debemos vivir todos.
La Cuaresma tiene tres grandes elementos: el ayuno, la oración y la limosna. El ayuno implica el sacrificio del cuerpo, comer menos, abstenerse de cosas que nos gustan. La oración es la súplica constante al Señor, para que nos ayude a vencer nuestras propias tentaciones y los pecados del mundo. La limosna es justicia, es compartir con los que están más pobres que nosotros, es hacer nuestros los sufrimientos de los demás. Los tres elementos han estado presentes en esta peregrinación. Se ha hecho mucho sacrificio al venir de lejos, caminar, ayunar y privarse del sueño y de los alimentos ordinarios. Hemos venido haciendo oración, pues no se trata de una marcha, ni de un mitin político, y estamos culminando con la Eucaristía, que es la oración más importante en nuestra vida cristiana. La limosna que hoy hacemos es nuestra solidaridad con los encarcelados injustamente, con los migrantes y con los que sufren.
La Palabra de Dios que ha correspondido a este día, es muy iluminadora. Dice el profeta Ezequiel, en la aclamación antes del Evangelio: “Purifíquense de todas sus iniquidades; renueven su corazón y su espíritu” (Ez 18,31). Y lo mismo nos dice, en la primera lectura, el profeta Isaías, quien se dirige tanto a los príncipes (los gobernantes), como a todo el pueblo: “Lávense y purifíquense; aparten de mi vista sus malas acciones. Dejen de hacer el mal, aprendan a hacer el bien, busquen la justicia, auxilien al oprimido, defiendan los derechos del huérfano y la causa de la viuda…Si son ustedes dóciles y obedecen, comerán los frutos de la tierra. Pero si se obstinan en la rebeldía, la espada los devorará” (Is 1,10.16-20).
¿Cuáles son, entre nosotros, esas iniquidades y esas malas acciones de que hablan los profetas Ezequiel e Isaías? Enumero algunas de las que describieron los participantes en la última asamblea del Pueblo Creyente, el 22 y 23 de noviembre pasado: Aumenta la venta y el consumo de trago. Hay división en las organizaciones por falta de acuerdo. Unas autoridades no cumplen las obras que prometieron. Algunos jóvenes se matan. Amenazas de desalojo a algunas comunidades. Muertes de migrantes. Presencia del ejército que entra a revisar a las comunidades y en los cruceros. Intento de privatizar el agua. Conflictos por venta y compra de parcelas por el Procede, porque muchas comunidades están entrando a este programa. Despojos de tierras entre organizaciones. División por los partidos políticos. Alza de los productos de primera necesidad y alta tarifa de la luz. Conflictos agrarios. Abandono y empobrecimiento del campo. División en comunidades por el alcoholismo, por la droga y por los proyectos del gobierno. Intento de privatizar los humedales de San Cristóbal. Falta suministro de agua. Deforestación por construir casas para los ricos. Las tiendas grandes acaban las costumbres. Problema de colindancias entre Chenalhó y Chalchihuitán. Problemas entre autoridades autónomas y oficiales. La persistencia de la tortura, como método policiaco para presionar a los detenidos, violando sus derechos humanos fundamentales.
A la pregunta que se hizo en la misma asamblea del Pueblo Creyente: “¿Qué estamos perdiendo como pueblo y comunidad?”, respondieron, entre otras cosas: Estamos perdiendo la fuerza de la unidad y la fraternidad, porque hay desacuerdo y desánimo. Algunos catequistas ya no cumplen su servicio. Se pierden los valores religiosos, la identidad, el respeto, el sentido de la vida, la fe, nuestra cultura, las costumbres, las reuniones comunitarias, nuestra forma de pensar y de cultivar la tierra, las semillas. Se pierde la unidad en la familia y en la Iglesia. Estamos perdiendo el respeto al medio ambiente. Por la migración, se pierden las costumbres y los acuerdos de las comunidades. Por programas como ANECOF, mucha gente es engañada y pierde su dinero. Algunos buscan una salvación fácil, sin querer ver la realidad, y se cambian a otras religiones y sectas. Los jóvenes ya no quieren servir, sino sólo ver películas e ir a las drogas y la prostitución. Los programas de gobierno generan divisiones, porque muchos los aceptan, pues tienen necesidad y reciben lo que en justicia merecen para remediar en parte su pobreza; pero otros los rechazan, porque los consideran como una forma de perder su libertad y su dignidad. Nosotros respetamos la decisión de los pueblos, pero nos duelen sus divisiones internas.
Ante todo este panorama tan sombrío, tan lleno de pecado, de injusticia, de muerte, fruto del sistema y de los malos gobiernos, fruto también de nuestras propias fallas, nos dice el Señor en el salmo responsorial: “No voy a reclamarte sacrificios… ¿Por qué citas mis preceptos y hablas a toda hora de mi pacto, tú que detestas la obediencia y echas en saco roto mis mandatos… Te reprenderé y te echaré en cara tus pecados… Yo salvaré al que cumple mi voluntad”.
Todos estamos invitados a la conversión: gobernantes, autoridades, legisladores, jueces, educadores, comunicadores, ministros pastorales y el resto del pueblo. No seamos, según el Evangelio, como los escribas y fariseos, que “dicen una cosa y hacen otra… Hacen cargas muy pesadas y las echan sobre las espaldas de los demás, pero ellos ni con el dedo las quieren mover. Todo lo hacen para que los vea la gente”. Asumamos nuestras propias responsabilidades y no pongamos la fuerza de nuestra peregrinación en que se publique la noticia en los medios informativos, para presumir que hacemos algo, sino en la pureza de nuestro corazón y en la rectitud de nuestras intenciones. Jesús recomienda ayunar, orar y compartir en secreto. Nuestro Padre Dios nos escuchará y recompensará.
El salmo responsorial que cantamos nos ayuda a hacer oración lo que traemos en el corazón: “Muéstranos, Señor, el camino de la salvación”. Ayúdanos a descubrir tus caminos y cumplir tu voluntad. Acepta nuestra peregrinación, como un sacrificio agradable a tu corazón, unido al sacrificio redentor, salvador y liberador de Jesús, que actualizamos en esta Eucaristía. Acepta la huelga de hambre de Zacario Hernández Hernández y el dolor de los demás detenidos: Pascual Heredia Hernández, Enrique Hernández Hernández, Angel Concepción Pérez Gutiérrez y Francisco Pérez Vázquez, para que pronto obtengan su libertad. Te damos gracias porque ya quedaron libres los detenidos de Guadalupe, y porque Mariano Heredia Gómez, de 88 años y enfermo, ya está fuera de la cárcel y en proceso de integrarse a su hogar. Es lo mismo que esperamos para todos.
Te ofrecemos, Señor, en este ofertorio, nuestra peregrinación, para que los hermanos presos puedan pronto salir libres; para que se haga plena justicia en el caso de Acteal; para que los migrantes encuentren una vida digna y se respeten sus derechos, dentro y fuera del país. Te pedimos por los niños concebidos en el seno materno, para que no los aborten, y que la Suprema Corte de Justicia de la Nación los proteja. Que no haya más violación de los derechos humanos, sobre todo de los pobres. Que demos a las mujeres el lugar que tú quieres, tanto en la familia y en la sociedad, como en la misma Iglesia. Te rogamos que se encuentren soluciones a los desequilibrios que trae la completa apertura agrícola del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá. Te ofrecemos nuestra peregrinación para que nos regales más vocaciones autóctonas al sacerdocio y a la vida consagrada, que sientan y compartan el dolor de los pobres, que sean humildes servidores de tu pueblo. Que podamos nuevamente ordenar diáconos permanentes. Que seamos católicos de verdad; es decir, discípulos y misioneros tuyos. Ayúdanos a vivir la unidad que tú quieres, tanto en nuestras parroquias y en nuestra diócesis, como con los hermanos de otras religiones. Que la fuerza del Espíritu, presente en esta peregrinación, nos siga llevando a construir una paz justa, permanente y fraterna en todas nuestras familias y comunidades. Así sea.
+ Felipe Arizmendi Esquivel
Obispo de San Cristóbal de Las Casas




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