sábado, junio 07, 2008

La mesa de Jesús

X Domingo Ordinario
+ Enrique Díaz Díaz

Obispo Auxiliar de San Cristóbal de Las Casas

En aquel tiempo, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado a su mesa de recaudador de impuestos, y le dijo: “Sígueme”. El se levantó y lo siguió.
Después, cuando estaba a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores se sentaron también a comer con Jesús y sus discípulos. Viendo esto, los fariseos preguntaban a los discípulos: “¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?” Jesús los oyó y les dijo: “No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos. Vayan, pues, y aprendan lo que significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mt 9,9-13).
Una mesa común
“La mesa nos ha unido. Aquí no preguntamos quién eres o de dónde vienes, siempre serás bienvenido, siempre habrá un lugar para quien quiera compartir nuestro pan” Así me recibe el Padre Román y su comunidad en el hogar de los Traperos de Emaús. Recogen lo que la sociedad desperdicia y, de la basura, sacan lo necesario para dar dignidad a quienes se han sentido como desperdicio de la misma sociedad. “No importa raza, nacionalidad o religión, solamente la disposición de compartir el pan, la necesidad y el trabajo”. Recogiendo basura logran reconstruir a quien se creía perdido y se sentía desplazado de entre los suyos. Drogadictos, migrantes, extranjeros, vagabundos, aportan su esfuerzo y su pequeñez para recobrar la propia dignidad. “La mesa nos ha unido, no juzgamos a nadie, todos son bienvenidos”.
La mesa de Jesús
En casa de Mateo, “muchos publicanos y pecadores se sentaron también a comer con Jesús y sus discípulos”. Se ha creado una sola mesa donde no hay distinciones, donde no hay divisiones sino una mesa que es signo del Reino anunciado por Jesús, fundado en la misericordia y en la fraternidad. Para los fariseos es motivo de escándalo. Ellos evitan todo contacto con quien puede contaminarlos, con los impuros, con los pecadores y los publicanos. Quien se siente perfecto y santificado, rechaza y se aísla de sus hermanos, despreciándolos, ignorándolos y rechazándolos. Por desgracia entre nosotros encontramos con frecuencia estas actitudes. Es muy fácil creer que se tiene la razón, cerrarse al encuentro con los demás y despreciar sus posturas. No estamos lejos de esas actitudes farisaicas de condena y absurda cerrazón, no digamos ya hacia el pecador, sino hacia el que piensa distinto de nosotros. ¡Cuántas condenas simplemente porque son diferentes! En abierta oposición a nuestras concepciones religiosas, Jesús va más allá de todos los tabúes de separación, tengan el fundamento que tengan.
“Ven y sígueme”
La narración del llamado de Mateo podría parecernos igual que la del llamado de los otros discípulos, pero ésta tiene unos rasgos especiales: es el mismo Mateo quien nos la proporciona y es él mismo quien se califica como un pecador y publicano. Un cobrador de impuestos era mal visto por el pueblo judío, como un traidor a la patria. Los impuestos iban a parar a las arcas del imperio romano; los frutos de la tierra prometida lejos de alimentar al pueblo escogido, sostenían a un imperio pagano y opresor. Mateo estaba al servicio de este imperio y daba la espalda al sufrido pueblo judío. No es difícil imaginar entonces, el desprecio y repudio que manifiestan los fariseos cuando Jesús lo llama y se une en una comida a Mateo y sus amigos. Sin embargo, Jesús no acepta esta discriminación, esta marginación de los pecadores. Él, que es verdaderamente el Santo, se sienta a la mesa con ellos, convive con ellos, ciertamente no para participar de sus injusticias o sus pecados, sino para invitarlos a seguirlo y construir su Reino. Esto no lo entienden los fariseos quienes se daban baños de santidad y tomaban sobre sus espaldas la responsabilidad de cuidar la pureza de la ley y las costumbres. Pero no entienden la misión de Jesús. El Mesías va más allá de legalismos, de fronteras y divisiones. Tiene la tarea de proclamar la Buena Nueva de un evangelio universal y de construir un Reino donde caben todos los hermanos. A esto invita a Mateo, no porque sea muy bueno o muy sabio, sino porque Jesús, que sí es todo bondad y santidad, ha venido a llamar a todos, empezando por los pecadores.
Un proverbio…
“No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos” ¡Qué lejos estaban los fariseos de imaginar la misión de Jesús! Esperaban un mesías triunfador, poderoso, santo a su estilo, juez, y aparece Jesús compartiendo, invitando y departiendo con los pecadores. La práctica de Jesús tiene mucho de provocación para los de conciencia tranquila de todos los tiempos: llama a aquellos que por su condición deberían permanecer desplazados. Y no lo hace de manera oculta, sino que come con ellos y con sus amigos. La acogida a pecadores, enfermos y descreídos manifiesta la real universalidad del ofrecimiento de salvación, de la que es portador, y del amor de Dios al expresar su preferencia por los humanamente indignos y despreciados. Quizás hoy muchos tomamos el papel de Dios para juzgar y separar, pero nos olvidamos del corazón del Padre amoroso que busca, ama y comprende. Tenemos la tentación de pensar que el pecado aleja a Dios de nuestros caminos, pero el amor de Dios va mucho más allá de nuestras mezquindades. Es un amor sin condiciones, es un amor pleno y total, es un amor de Padre con corazón de madre.
Misericordia no sacrificios
¿Una religión fácil donde el amor de Dios perdona todo? Debemos tener bien seguro y firme el amor de Dios, pero no caigamos en el error de creer que Dios no conoce nuestras injusticias y debilidades. La primera lectura del profeta Oseas es clarísima en este sentido. Comienza como con una invitación a tener confianza en el Señor, pero termina con una fuerte recriminación a quienes pretenden con solo prácticas exteriores “cumplir” con el Señor. “Yo quiero amor y no sacrificios, conocimiento de Dios, más que holocaustos” (Os 6,6) El término hebreo, “Hesed”, traducido por amor, indica el amor misericordioso, fiel y gratuito que Dios tiene por su pueblo, y que el pueblo debe vivir como respuesta a la alianza. Completamente opuesto a sacrificios vacíos contra los cuales habla el profeta. La religión basada sólo en el rito, sólo en la ley y no en la experiencia de Dios, es considerada infecunda, como una nube que no trae lluvia, pasajera como el rocío de la mañana. Las mismas palabras retoma Jesús para expresar lo profundo de su misión. No, no es una religión facilona y sin compromisos, pero tampoco el seguimiento de Jesús es el pretexto para el desprecio de los demás. “Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”, afirma Jesús. La primera condición para acercarse a Él; es reconocerse pecador y necesitado.
¿Cómo estamos viviendo en nuestra persona este rasgo misericordioso de Jesús? ¿Cómo abrimos nuestra mesa y nuestro corazón a los que son diferentes? ¿Qué estamos haciendo para atraer a la mesa del Reino a quienes se sienten alejados? ¿Es nuestra actitud parecida a la de Jesús, o a la de los fariseos?
Dios nuestro, de quien todo bien procede, inspíranos propósitos de justicia y santidad; abre nuestro corazón y nuestra mesa a la necesidad de nuestros hermanos y concédenos tu ayuda para poder recibirlos y amarlos. Amén.

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