F. Darinel
Amor, cuántos caminos para llegar a un beso,
qué soledad errante hasta tu compañía!
Siguen los trenes solos rodando con la lluvia.
En Taltal no amanece aún la primavera.
Pablo Neruda
“NO SE OLVIDA”
LOS CAMINOS DE HOY
La consigna
Era mediados de septiembre de 1968 y las manifestaciones estudiantiles en la Ciudad de México iban subiendo de tono, en tanto las autoridades se mordían las uñas para buscar la forma de detener esta acometida, una acometida que ensombrecía el preámbulo de el inicio de las olimpiadas del 68’. Por ello sobre los hombros del “señor secretario de gobernación”; “el señor licenciado don Luis Echeverría Álvarez”, recaía la mayor parte de la responsabilidad de buscar detener a “estos comunistas”, “estos malparidos hijos del Che”, esos locos que se atrevían a gritar una consigna que casi, casi era un pecado siquiera repetir: “No queremos olimpiadas, queremos revolución”, una consigna que atentaba contra la sagrada proyección de un país tercermundista, a quien por primera vez los países ricos le otorgaban la deferencia de organizar a un país jodido, los sagrados juegos que estos países les correspondía organizar y que por tradición les pertenece. Sin embargo este gesto podía ser o entenderse como el preludio de la entrada de México al primer mundo, así que por eso había que detener a “los comunistas” a como diera lugar.
Sangriento colofón
Por eso el 2 de octubre y aprovechando que se manifestaban en un lugar propicio para una emboscada, un lugar que arquitectónicamente hablando, tenía las marcas de tres eras diferentes de México; La Plaza de las Tres Culturas en Tlaltelolco, una plaza hundida frente a los modernos edificios multifamiliares de la más pujante unidad habitacional del la capital del país, que era el lugar ideal para masacrar a “los comunistas”, lugar en donde no había mucho para donde correr, lugar en donde por camionadas, de acuerdo a las fotos del único libro de crónicas de ese acontecimiento que escribió Elena Poniatovska, “La Noche de Tlaltelolco”, sacaron los cadáveres de los “hombres-niños” masacrados, en la noche más infame que guarda en su memoria México.
No hay que olvidar
Por eso y para todos los que tienen bajo su responsabilidad la dirección de un grupo de mexicanos, sea este un estado, un municipio o la república, así como aquellos que nos representan en los parlamentos estatales y de la unión, no deben olvidar y tampoco deben echar al “basurero de la historia”, el sacrificio de ese enorme grupo de “hombres-niños y mujeres-niñas”, que bajo gritos de rabia, angustia, dolor y terror fueron muertos al más clásico estilo nazi, no deben olvidar por sobre todo que antes que nada está el bienestar del pueblo; los mexicanos, y que la guía de ello debe de ser aquella consigan de: “No queremos olimpiadas, queremos revolución”, es decir dejar a un lado el lujo, el ornato, el paternalismo, la retórica, las promesas cantiflescas y “los informes”, que son todo un show de casino de Las Vegas. Dejar y abandonar lo inoficioso, lo banal, lo absurdo y entregarse a la obra social; utilizar los dineros del pueblo, para el pueblo, utilizar toda su inteligencia, toda su energía y todo el coraje que contienen para orientarlo hacia quienes los eligieron. Porque el cambio, es decir la revolución, tiene que ser como lo afirmó Bertrand Rusell: “La revolución tiene que ser algo que sonríe”
Dedicatoria
Por eso lo anterior va con dedicatoria a los munícipes de nuestra región, a la gubernatura, al diputado local –a quien hay que decirle que hay algo más que hacer que tomar trago- al diputado federal –a quien hay que decirle que hay algo más que la vida de junior y de fresa que ha tenido- que existe un pueblo hambriento de pan y de justicia y sediento de verdades, porque eso al final de todo, es la urgencia y la fuerza para vivir de todos aquellos, que todo se les ha negado y que todavía no permiten que la esperanza perezca, a pesar de ruines y asesinos.
Es cuanto.
adriancitio@yahoo.com.mx
Amor, cuántos caminos para llegar a un beso,
qué soledad errante hasta tu compañía!
Siguen los trenes solos rodando con la lluvia.
En Taltal no amanece aún la primavera.
Pablo Neruda
“NO SE OLVIDA”
LOS CAMINOS DE HOY
La consigna
Era mediados de septiembre de 1968 y las manifestaciones estudiantiles en la Ciudad de México iban subiendo de tono, en tanto las autoridades se mordían las uñas para buscar la forma de detener esta acometida, una acometida que ensombrecía el preámbulo de el inicio de las olimpiadas del 68’. Por ello sobre los hombros del “señor secretario de gobernación”; “el señor licenciado don Luis Echeverría Álvarez”, recaía la mayor parte de la responsabilidad de buscar detener a “estos comunistas”, “estos malparidos hijos del Che”, esos locos que se atrevían a gritar una consigna que casi, casi era un pecado siquiera repetir: “No queremos olimpiadas, queremos revolución”, una consigna que atentaba contra la sagrada proyección de un país tercermundista, a quien por primera vez los países ricos le otorgaban la deferencia de organizar a un país jodido, los sagrados juegos que estos países les correspondía organizar y que por tradición les pertenece. Sin embargo este gesto podía ser o entenderse como el preludio de la entrada de México al primer mundo, así que por eso había que detener a “los comunistas” a como diera lugar.
Sangriento colofón
Por eso el 2 de octubre y aprovechando que se manifestaban en un lugar propicio para una emboscada, un lugar que arquitectónicamente hablando, tenía las marcas de tres eras diferentes de México; La Plaza de las Tres Culturas en Tlaltelolco, una plaza hundida frente a los modernos edificios multifamiliares de la más pujante unidad habitacional del la capital del país, que era el lugar ideal para masacrar a “los comunistas”, lugar en donde no había mucho para donde correr, lugar en donde por camionadas, de acuerdo a las fotos del único libro de crónicas de ese acontecimiento que escribió Elena Poniatovska, “La Noche de Tlaltelolco”, sacaron los cadáveres de los “hombres-niños” masacrados, en la noche más infame que guarda en su memoria México.
No hay que olvidar
Por eso y para todos los que tienen bajo su responsabilidad la dirección de un grupo de mexicanos, sea este un estado, un municipio o la república, así como aquellos que nos representan en los parlamentos estatales y de la unión, no deben olvidar y tampoco deben echar al “basurero de la historia”, el sacrificio de ese enorme grupo de “hombres-niños y mujeres-niñas”, que bajo gritos de rabia, angustia, dolor y terror fueron muertos al más clásico estilo nazi, no deben olvidar por sobre todo que antes que nada está el bienestar del pueblo; los mexicanos, y que la guía de ello debe de ser aquella consigan de: “No queremos olimpiadas, queremos revolución”, es decir dejar a un lado el lujo, el ornato, el paternalismo, la retórica, las promesas cantiflescas y “los informes”, que son todo un show de casino de Las Vegas. Dejar y abandonar lo inoficioso, lo banal, lo absurdo y entregarse a la obra social; utilizar los dineros del pueblo, para el pueblo, utilizar toda su inteligencia, toda su energía y todo el coraje que contienen para orientarlo hacia quienes los eligieron. Porque el cambio, es decir la revolución, tiene que ser como lo afirmó Bertrand Rusell: “La revolución tiene que ser algo que sonríe”
Dedicatoria
Por eso lo anterior va con dedicatoria a los munícipes de nuestra región, a la gubernatura, al diputado local –a quien hay que decirle que hay algo más que hacer que tomar trago- al diputado federal –a quien hay que decirle que hay algo más que la vida de junior y de fresa que ha tenido- que existe un pueblo hambriento de pan y de justicia y sediento de verdades, porque eso al final de todo, es la urgencia y la fuerza para vivir de todos aquellos, que todo se les ha negado y que todavía no permiten que la esperanza perezca, a pesar de ruines y asesinos.
Es cuanto.
adriancitio@yahoo.com.mx




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