sábado, marzo 14, 2009

Profanación

III Domingo de Cuaresma

+ Enrique Díaz Díaz
Obispo Auxiliar de San Cristóbal de las Casas

Cuando se acercaba la Pascua de los judíos, Jesús llegó a Jerusalén y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas con sus mesas. Entonces hizo un látigo de cordeles y los echó del templo, con todo y sus ovejas y bueyes; a los cambistas les volcó las mesas y les tiró al suelo las monedas; y a los que vendían palomas les dijo: “Quiten todo de aquí y no conviertan en un mercado la casa de mi Padre”.

En ese momento, sus discípulos se acordaron de lo que estaba escrito: ‘El celo de tu casa me devora’.

Después intervinieron los judíos para preguntarle: “¿Qué señal nos das de que tienes autoridad para actuar así?” Jesús les respondió: “Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré”. Replicaron los judíos: “Cuarenta y seis años se ha llevado la construcción del templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?”

Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Por eso, cuando resucitó Jesús de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho aquello y creyeron en la Escritura y en las palabras que Jesús había dicho.

Mientras estuvo en Jerusalén para las fiestas de Pascua, muchos creyeron en él, al ver los prodigios que hacía. Pero Jesús no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba que nadie le descubriera lo que es el hombre, porque él sabía lo que hay en el hombre (Jn 2, 13-25).


Profanación
Los fieles del barrio y de toda la ciudad están indignados: en una noche penetraron los ladrones a la Iglesia de Guadalupe, vaciaron los copones y dejaron tiradas las hostias consagradas. “¡Han profanado el Cuerpo de Cristo!” Exclaman algunos de los presentes. Inmediatamente se organizan horas santas de desagravio, novenas y celebraciones… Casi el mismo día, en un lugar muy cercano al barrio, llora una madre y me cuenta su pesar: han violado a su niña de trece años, llena de rabia, dolor e impotencia, tiene ganas de vengarse y sin embargo nada puede hacer. “¿Denunciar? Es poner a la niña delante de sus agresores y repetir toda la vivencia de su dolor. La niña no habla casi con nadie, no quiere salir, está asustada. Si denuncio, todo mundo se dará cuenta y menos podrá volver a la escuela ni con sus compañeras…” A todas las propuestas, al menos de momento, prefiere que se quede en silencio y sólo buscará ayuda sicológica para su niña. Me quedo pensando: éste y muchos otros crímenes, ¿no son violación también del Templo de Cristo?

La religión del mercado
A pesar de todo el desconcierto económico, seguimos en la época del “mercado total”, en el cual lo decisivo es ganar, adquirir prestigio y bienestar, acumular bienes. Parece como una nueva religión con su propio credo y sus mandamientos, con sus adoradores y sus sacrificios, con sus templos y sus ritos, con sus promesas de felicidad plena. Ha convertido el mercado en una religión y con frecuencia ha convertido las religiones en un mercado, donde se vende, se compra, se engaña, se gana y se pierde. Vivimos en una civilización que tiene como centro de pensamiento y criterio de actuación, el anhelo de ganar y tener dinero. El refrán gringo “el tiempo es dinero”, se ha metido, primero disimuladamente y después descaradamente, en nuestro corazón, hasta pervertir el sentido de la vida, del tiempo, de la persona; para tasarlo todo en signos monetarios. Por el dinero se es capaz de sacrificios, de renuncias, de cambio de criterios. Y se profana lo más sagrado: el “templo de Dios”

Destrucción de templos
Se olvida que la persona es el templo de Dios y se le compra y se le vende; hay mercaderes de niños y mercaderes de sexo; hay quien negocia con la vida, con los órganos humanos, con los sueños y los anhelos más profundos. Se presentan traficantes de droga que matan el alma y el cuerpo, que negocian con las armas y con las almas, que destruyen pueblos y asesinan familias en su loca ambición de más y más dinero. Se medra con el hambre y la sed, con las necesidades elementales de la persona. Se obtienen ganancias asesinando a inocentes y se destruyen los templos inocentes que apenas inician la vida. Todo se hace en aras de un nuevo dios llamado dinero, dólar o euro. Y esto no es lejos, es en nuestras familias, con los sencillos, con los gobernantes, entre amigos, entre conocidos, en el mismo hogar, templo sagrado de la familia y de la vida. Así se profana el templo material, pero se profana sobre todo el sagrado templo y recinto de Dios que es cada persona. Cuando se profana cualquier persona, se atenta contra el mismo Dios.

La ira de Jesús
Pocas veces encontramos tan enojado e iracundo a Jesús. Algunos hasta les parece una escena que deberíamos quitar del evangelio para no escandalizar… pero, quizás debamos pensar al contrario y mirar si hoy Jesús también tendría que tomar su látigo y arrojar lejos a todos los que profanan y destruyen sus templos sagrados. No estamos acostumbrados a una imagen violenta de un Mesías golpeando a la gente con un azote en las manos, sin embargo, esta es la reacción de Jesús cuando hacemos de su casa no un lugar de oración y encuentro, sino un mercado donde se manipula lo sagrado y no se respeta lo divino. Y, sobre todo, esta es la reacción de Jesús cuando se pervierte y manipula mercantilmente la dignidad de la persona, cuando se le ve con signo de pesos, cuando se le convierte en un objeto más de negociación.

Un programa y una pregunta
Juan coloca esta expulsión de los mercaderes del templo al inicio de su Evangelio, como para presentarnos, desde el comienzo, el programa de Jesús: se inaugura un nuevo tiempo y un nuevo templo. Se adorará al Señor en un nuevo espíritu y con un nuevo corazón. Cristo mismo dice que es él es el templo que destruirán y que resucitará al tercer día. Y realmente ahora nos da la oportunidad de revisar a fondo nuestra vida y nuestro programa. Tendremos que ver si el interior de cada uno de nosotros se ha convertido en un santuario para Dios, donde se adora en justicia y en verdad, donde los valores son su amor y su misericordia, donde se acoge al hermano para compartir y servir. Es una invitación sería de Jesús, devorado por el celo de la Casa de su Padre, que nos exige respeto para su templo material y dignidad para el sagrado templo que es cada persona y que también somos cada uno de nosotros. Reflexión profunda la de este día: ¿En qué basamos nuestra propia dignidad? ¿No nos hemos pervertido y corrompido por el dinero y la ambición? ¿Miramos a los hermanos como templos de Dios o nos hemos convertido en ladrones de su dignidad? ¿Qué nos dice hoy Jesús en nuestra manera de vivir y de relacionarnos con Dios y los demás? ¿Asistimos a las celebraciones para encontrarnos con el Padre y los hermanos, o sólo por ritualismo y costumbre?

Gracias, Padre Bueno, por hacer de nuestra humilde persona un templo que se llena de tu presencia, concédenos sabiduría y amor para respetar y valorar cada templo viviente y hacer de tu casa un lugar de oración, de encuentro y de armonía. Amén


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