sábado, febrero 14, 2009

Una mano que rompe barreras

VI Domingo Ordinario

+ Enrique Díaz Díaz
Obispo Auxiliar de San Cristóbal de las Casas


En aquel tiempo, se le acercó a Jesús un leproso para suplicarle de rodillas: “Si tú quieres, puedes curarme”. Jesús se compadeció de él, y extendiendo la mano, lo tocó y le dijo: “¡Sí quiero: Sana!” Inmediatamente se le quitó la lepra y quedó limpio.

Al despedirlo, Jesús le mandó con severidad: “No se lo cuentes a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo prescrito por Moisés”.

Pero aquel hombre comenzó a divulgar tanto el hecho, que Jesús no podía ya entrar abiertamente en la ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios, a donde acudían a él de todas partes (Mc 1,40-45).

Discriminación
La pobre casita se pierde entre la miseria de una populosa colonia de la ciudad. Margarita, tensa y preocupada, entre el dolor y la rabia, expresa sus sentimientos al contemplar a su esposo tirado en el camastro: “Ya se está muriendo. Hace muchos años se fue a Estado Unidos y casi nos tenía olvidados. Ahora regresó enfermo, no’ más para morirse y llenarnos de vergüenza. Los vecinos no nos quieren hablar y nos cierran sus puertas. Nosotros no queríamos que nadie supiera pero no sé cómo salen las cosas y ya toda la colonia sabe que está enfermo de sida. Yo tengo resentimiento porque siempre nos tuvo en el abandono. Sabrá Dios dónde agarró su enfermedad pero no ha de ver sido por andar de buena gente…” Así, abandonado, sin medicinas, sin atención y sin los cuidados mínimos, Alberto muere la siguiente semana. El sida aísla, provoca rechazo y grave discriminación.

Marginación
El panorama de la marginación entre nuestros pueblos es amplio. En nuestra sociedad se multiplican las formas de discriminación: emigrantes que son vistos no sólo como forasteros sino como verdaderos delincuentes; los enfermos de sida, los indígenas, las mujeres, los que son de otra organización, los que no tienen trabajo, los que piensan diferente a nosotros, los que son de otros partidos… ¡como si no fuéramos todos hijos de Dios! Por desgracia las fronteras territoriales, de partidos o de pensamiento vienen a destruir y a cuestionar la fraternidad humana. Y, después, también se dan los casos de los ciudadanos que están clasificados como en especie de categorías, de primera, segunda, tercera… y hay quien no alcanza ya a entrar en ninguna categoría, no es considerado ciudadano y no se le reconoce ningún derecho. Tenemos un miedo terrible al que es diferente y nos ponemos, de entrada, en una actitud defensiva frente a ellos, pero con frecuencia se pasa a una actitud agresiva y beligerante.

La lepra
La misión de Jesús más que una misión religiosa es una misión de dignificación, de humanización, de curación. La escena del leproso nos sirve para hacer visible esta espiritualidad de Jesús que rompe barreras y prejuicios. La lepra en Israel era una enfermedad que acababa con todas los distintivos de la persona. La enfermedad en sí misma ya trae pena y dolor. Además el leproso era excluido del pueblo para que no contaminara a la comunidad y se le prohibía la relación con los demás. La soledad, el rechazo y el oprobio, al ser marcado como amenaza para la vida del pueblo, acentuaba su sufrimiento. Era considerado como un muerto, impuro, contaminado, y se formaba una barrera entre él y la comunidad. Para colmo, él mismo tenía que ir proclamando su impureza y su separación. Tocar a un leproso implicaba quedar impuro uno mismo y separarse de la comunidad. Igual que en nuestra sociedad, con muchos nuevos leprosos, se prefería tenerlos aislados y en el olvido. Nos escandalizan estas actitudes del aquel tiempo y tenemos actitudes muy parecidas o peores.

Una mano que rompe barreras
¿Qué hace Jesús? Rompe todo este proceso discriminativo y humillante. Primeramente permite que “se le acerque” y crea sintonía con el marginado, porque su acción no es meramente una obra caritativa que aleja, sino una participación del mismo sufrimiento. Se pone junto a él, con la consecuencia de quedar también Jesús marginado. La curación de la lepra es una señal mesiánica, signo claro de la llegada del Reino, al romper la raíz de la peor de las marginaciones. Es un signo preñado de humanidad: Jesús se mancha las manos con el dolor de la persona que sufre a pesar de las consecuencias religiosas y sociales que debe asumir. Sólo acercándose físicamente le puede mostrar la cercanía de Dios y la invalidez de las leyes rituales. Para Él, el amor está por encima de las leyes religiosas, sociales o morales. La indignación de Jesús es porque esas leyes atan, marginan y deshumanizan. Crean barreras y estorbos, a veces insuperables, que separan a las personas entre sí y también de Dios. ¿Cómo sentir el amor de Dios cuando los hombres no te quieren reconocer como persona?

Su mano hoy
La mano extendida de Jesús que toca, que cura y que rompe barreras, es para nosotros un signo que nos llama a compromisos y reflexiones. Por una parte no teme entrar en contacto con cada uno de nosotros, con la suciedad y podredumbre, con la miseria humana que vamos cargando. Esto nos alienta para acercarnos a Él a pesar de nuestro pecado e indignidad. Él nunca nos rechaza, Él siempre quiere sanarnos. Pero por otra parte, nos lanza también a nosotros a romper todas las barreras que hemos ido construyendo en torno a los modernos leprosos: ancianos, migrantes, enfermos, etc., y nos pide que caminemos junto a Él. Que en su compañía nos acerquemos a los leprosos de hoy que Él “quiere” seguir tocando, bendiciendo, curando y devolviendo la dignidad. Necesitamos quitar las barreras de nuestra mente y de nuestro corazón para abrirnos y hacernos sensibles y misericordiosos como Jesús. Que a través de nuestras manos siga tocando y acariciando; a través de nuestros ojos mirando con alegría y ternura; y a través de nuestro corazón uniendo, restaurando y humanizando.
¿A qué nos compromete hoy el Señor? ¿Qué podemos hacer para borrar las barreras de la discriminación y las fronteras que destruyen la hermandad?


Señor nuestro Jesucristo, mano amorosa del Padre, que cura y vivifica, concédenos que nunca cerremos nuestra mano frente al hermano desamparado sino que siempre tendamos lazos de unión y de amor. Amén.


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