XV Domingo Ordinario
+ Enrique Díaz Díaz
Obispo Auxiliar de San Cristóbal de Las Casas
Un día salió Jesús de la casa donde se hospedaba y se sentó a la orilla del mar. Se reunió en torno suyo tanta gente, que él se vio obligado a subir a una barca, donde se sentó, mientras la gente permanecía en la orilla. Entonces Jesús les habló de muchas cosas en parábolas y les dijo:
“Una vez salió un sembrador a sembrar, y al ir arrojando la semilla, unos granos cayeron a lo largo del camino; vinieron los pájaros y se los comieron. Otros granos cayeron en terreno pedregoso, que tenía poca tierra; ahí germinaron pronto, porque la tierra no era gruesa; pero cuando subió el sol, los brotes se marchitaron, y como no tenían raíces, se secaron. Otros cayeron entre espinos, y cuando los espinos crecieron, sofocaron las plantitas. Otros granos cayeron en tierra buena y dieron fruto: unos, ciento por uno; otros, sesenta; y otros, treinta. E1 que tenga oídos, que oiga”.
“Escuchen, pues, ustedes, lo que significa la parábola del sembrador. A todo hombre que oye la palabra del Reino y no la entiende, le llega el diablo y le arrebata lo sembrado en su corazón. Esto es lo que significan los granos que cayeron a lo largo del camino.
Lo sembrado sobre terrero pedregoso significa al que oye la palabra y la acepta inmediatamente con alegría; pero, como es inconstante, no la deja echar raíces, y apenas le viene una tribulación o una persecución por causa de la palabra, sucumbe.
Lo sembrado entre los espinos representa a aquel que oye la palabra, pero las preocupaciones de la vida y la seducción de las riquezas la sofocan y queda sin fruto.
En cambio, lo sembrado en tierra buena representa a quienes oyen la palabra, la entienden y dan fruto: unos, el ciento por uno; otros, el sesenta; y otros, el treinta” (Mt 13, 1-23).
Don Sabino
Don Sabino estaba cargado de años cuando empezó a acercarse a la Palabra de Dios. Indígena mazahua, había pasado por muchos cargos en su comunidad, hasta comisario ejidal, sin conocer letra. Y de repente, sin saber cómo, la Palabra de Dios cuestionó su corazón y le cambio la vida. “Ahora sí, mi nieta es la que me va enseñando a leer. Escogemos una partecita de la Biblia, me la repite muchas veces, hace que yo la lea hasta que casi me la aprendo de memoria. Y después me voy por esos cerros de Dios, leyéndosela a los hermanos de las comunidades de San Bartolomé, de San Mateo y de San Francisco. A veces me da mucho trabajo porque mis ojos ya están cansados y las letras como que me bailan y se esconden. Pero la gente me recibe con mucho cariño” Le brotan lágrimas de sus cansados ojos, gracias a la Biblia él logró superar su alcoholismo y ahora se dedica a “sembrar” la Palabra de Dios porque “sólo con ella nuestro pueblo podrá salir de su abandono, de su alcoholismo y de sus divisiones. Sólo la Palabra nos puede dar vida” concluye.
Campos abandonados
Los campos de México se van quedando desiertos por la funesta política agropecuaria que ha producido miles de migrantes tanto a las ciudades como al vecino país del norte; o bien ha dejado familias abandonadas y jóvenes desempleados. Ya no es costeable sembrar el maíz, el frijol, el garbanzo o el trigo como antaño. En lugar de ganar se pierde, sobre todo cuando los terrenos que se siembran son pequeños, con técnicas obsoletas y con mercados injustos. Se le va perdiendo el amor a la tierra y a la semilla, y con ello se pierde el sentido de la naturaleza, de Dios y de la familia. Con frecuencia me pregunto si los textos tan sencillos, rurales y naturales que nos presenta Jesús dicen algo al mundo de hoy. Hemos pasado en pocos años de ser un pueblo netamente rural a ser pueblo citadino. Y qué bueno si esto redundara solamente en beneficios, en cierta comodidad, en seguridad y estabilidad. Pero con frecuencia no es así, perdemos los valores de la familia rural y no hemos encontrado los valores de la ciudad. ¿Tiene valor hoy la Palabra?
“Salió un sembrador”
Si todo sembrador siembra con esperanza e ilusión, este tiene muchas más razones para estar alegre y optimista, siembra la Palabra. Pero también es un sembrador muy especial. “Debe estar un poco loco este sembrador para sembrar en los caminos o entre piedras y espinas” me comentaba un día un campesino. Y es verdad: está loco este sembrador, loco de amor, loco de ilusión. No quiere que nadie escape a su amor, no le importa si son los de cerca o los de lejos, si son los oportunistas o los arriesgados. A todos quiere dar la oportunidad que se siembre la Palabra en su corazón. Para él no hay tierras estériles ni corazones cerrados, a todos da la oportunidad. Pero la Palabra para que dé fruto debe tener la oportunidad de germinar, necesita un espacio de acogida y calor para romper la vida que lleva dentro y hacerla crecer. ¿Damos esta oportunidad a la Palabra? ¿La guardamos en nuestro corazón acogiéndola y meditándola? Cristo mismo explica el sentido de su parábola. Hay varias clases de “tierra”.
Camino
Nada para describir nuestro mundo como la superficialidad, la inconstancia y las conveniencias: el camino. El hombre moderno nace de prisa, camina de prisa y muere de prisa, casi sin darse cuenta. No hay tiempo para nada. No hay tiempo para crecer y se adelanta en sus experiencias, no hay tiempo para la familia porque está muy ocupado, no hay tiempo para los hijos, para los amigos… Siempre está de prisa, de aquí para allá, llevando su superficialidad. Es cierto, gusta de los valores, del amor y de la Palabra, pero no los deja entrar en su corazón. Siempre está dejando para después las cosas importantes. Y también dejamos para después la Palabra de Dios, nos acercamos pero no la recibimos. ¿Seremos camino donde todo pasa y nada se queda?
Piedras
También la vida moderna nos ha hecho duros e insensibles, con corazón de piedra. Pasamos junto a las personas como desconocidos, no sonreímos, no nos detenemos, no saludamos. Nos escabullimos rapidito para no dar la oportunidad que entre al corazón y más si está en un problema o situación difícil. Cada quien su mundo y cada quien sus problemas. El respeto al derecho ajeno es la paz es un principio que con frecuencia se convierte en indiferencia y egoísmo. No me meto con nadie y nadie se mete conmigo. Y con Cristo y su Palabra nos pasa igual, lo saludamos pero no le permitimos que entre a nuestro corazón; lo escuchamos con agrado pero no queremos comprometernos ¿Tendremos el corazón tan endurecido que no permitimos entrar en él la Palabra de Dios?
Espinas
La vida fácil es el ideal de muchos de nosotros: no al dolor, no al sufrimiento, no al esfuerzo, no a ninguna espina. Y los comerciantes bien que se aprovechan de esta sed de comodidad y nos ofrecen una felicidad basada en los bienes, en el placer y en el poder. Estas espinas ahogan el Evangelio que es ante todo servicio, fraternidad y amor. Frente a las riquezas mueren muchos ideales, ante el placer se sofocan nuestros propósitos y ante el egoísmo fracasan los proyectos del Reino. ¿Cuáles son las espinas que no me permiten dar el fruto que Cristo espera de mí?
Frutos
Para quien creyera que la semilla no da fruto, Cristo nos recuerda que hay muchas personas generosas, que dan fruto. Es muy realista y habla de diferentes proporciones de fruto: treinta, sesenta, cien. Cada quien es diferente en su respuesta, cada quien es diferente en su amor. Solamente recordemos que los frutos en la Biblia casi siempre se expresan en relación con la justicia, con la atención al hermano y con el acompañamiento al que sufre. La Palabra de Dios debe fecundar nuestras vidas, darles sentido, hacerlas fértiles y producir mucho fruto. ¿Qué frutos encontramos en la comunidad? ¿Cuál es el modo práctico, para nosotros, de escuchar la Palabra de Dios: grupos, lectio divina, estudio, comunidades de base? ¿A qué me compromete esta parábola de Jesús?
Señor, tú que iluminas a los extraviados con la luz de tu Evangelio para que vuelvan al camino de la verdad, concede a cuantos nos llamamos cristianos imitar fielmente a Cristo y rechazar lo que pueda alejarnos de él. Amén.




No hay comentarios.:
Publicar un comentario