miércoles, mayo 28, 2008

Construir esperanza

+ Felipe Arizmendi Esquivel
http://www.diocesisancristobal.com.mx

VER
Cuando contemplamos el panorama local, nacional y mundial, nos sentimos abatidos, como si nos encamináramos a un caos y no hubiera esperanza de que la situación cambie. La crisis alimentaria, con su dimensión planetaria, nos asusta, porque rebasa fronteras y gobiernos, y pareciera que nos deja indefensos, es particular a los pobres. ¿Nada se puede hacer? ¿Se abre la puerta para dar la razón a quienes insisten, a pesar de que la historia ha demostrado su inoperancia, que la única opción es la violencia?

Durante estos días, en nuestra diócesis tenemos la asamblea anual, que siempre parte de un análisis de la realidad. Entre otras, se han resaltado estas realidades: migración creciente, desintegración familiar, aumento de la pobreza, alza de precios en la canasta básica, enfermedades, machismo, pérdida de cultura, de identidad y dignidad, sobre todo entre los jóvenes; invasión de tierras, suicidios, pornografía, alcoholismo, narcotráfico, prostitución, bandas juveniles, ambivalencia de programas de gobierno, compra de tierras por grupos de poder, falta de producción en el campo, endeudamiento con los bancos, sida, abortos, madres solteras, descuido de proyectos alternativos, transgénicos, ataques a la biodiversidad, incapacidad de los padres para educar a sus hijos, injusticias entre hermanos, descomposición social.

A nivel eclesial, se resaltaron: incoherencia y antitestimonio de agentes de pastoral, espiritismo, sectas, grupos discoordinados, divisiones internas, falta de respeto a nuestra fe, apatía de los laicos para los cursos de formación, increencia, iglesia donde predominan los ancianos, indiferencia ante la injusticia, sacramentalismo, faltan diáconos permanentes y sacerdotes autóctonos, falta más compromiso en la opción por los pobres.

JUZGAR
Ante estas realidades tan agobiantes, nos dice San Pedro: “Viviendo siempre atentos y vigilantes, pongan toda su esperanza en la gracia que les va a traer la manifestación gloriosa de Jesucristo” (1 Pedr 1,13). Es decir, nuestra fe en El nos alienta en la seguridad de que no todo está perdido. Quien encuentra a Jesucristo, da una nueva dimensión a su vida; no valora más de la cuenta los bienes materiales, y abre el corazón a quienes sufren. La fe no es evasión ante la realidad, sino un real compromiso que nos crucifica, para tener siempre el corazón y los brazos abiertos ante el prójimo doliente.
La Iglesia debe ser fiel a su misión profética, para denunciar el mal y anunciar que Jesucristo nos libera de cadenas y nos señala el rumbo. Dice el Papa Benedicto XVI: “Quien no conoce a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas, en el fondo está sin esperanza, sin la gran esperanza que sostiene toda la vida. La verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando hasta el extremo. Jesús que dijo de sí mismo que había venido para que nosotros tengamos la vida y la tengamos en plenitud, en abundancia, nos explicó también qué significa vida: Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Spe Salvi, 27).
ACTUAR
¿Qué nos proponemos? Mantenernos firmes en nuestra fe, a pesar de dificultades. Cultivar el encuentro personal con Cristo. Iluminarnos por la Palabra de Dios. Asumir el III Sínodo Diocesano. Conocer y aplicar el documento de Aparecida. Ser sensibles y acompañar al pueblo. Trabajar en unidad con nuestros pastores y entre nosotros. Seguir el trabajo de reconciliación y de paz. Estar abiertos a corregir errores. Cultivar un trato respetuoso y fraterno. Integrar en nuestra vida la mística y la espiritualidad. Ser conscientes de la realidad, para responder a las necesidades de nuestro tiempo. Mantener una pastoral profética, liberadora y solidaria. Valorar y rescatar nuestras culturas. Intensificar los proyectos alternativos, en particular la pastoral de la tierra. Acompañar a los migrantes. Relacionarnos con grupos que comparten nuestras inquietudes. Ser signo de esperanza para los pobres.

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