¿Y cómo le llamas, Onésimo, a tu aquel involucrar en una investigación a un caracol zapatista arguyendo que no lo hacías con la Procu local porque carecía de credibilidad, cuando denunciaste amenazas políticas del aparato, amenazas que al cabo resultaron en la compensación corriente que te había hecho un ciudadano local zaherido por tus mala entraña contra una mujer también local y que te condujo, en tu incapacidad irredenta de afrontar tus actos, a huir y hasta cambiar de aspecto?
Hace unos meses maniobraste en Siltepec, tu tierra de origen, para que el compañero del Compitch Juan Hidalgo fuera desacreditado en su esfuerzo por denunciar la prospección minera y ubicar ahí la sede del encuentro contra estos saqueos y su polución adyacente.
Hay más de parte nuestra, de antes, todas alevosías reclamadas en escritos formales enviados a tí años antes, pero ya con las más graves que de otros cargas y hoy se hacen públicas te da para hundirte un buen tramo bajo el subsuelo.
Eres capaz de todo. Pero sobre todo de no dar la cara, de acometer a trasmano, de vociferar en oblicuo cuando la evidencia te toca como lo hace ahora.
En ese sentido, Onésimo, tu problema es doble: hacer lo que hiciste, delinquir vaya, y no afrontar tus actos, por viles que hayan sido y fueron. Te preparaste, como los cobardes se preparan, para ir por la espalda o abusar de los orillados, no para ser descubierto y encarado, mucho menos para asumir lo que viniera. Sólo falta que, ahora sí, le pidas protección a la Procu, o que te inflingas arañazos y denuncies que una turba de sicarios bajo instrucción de tus denunciantes te puso la mano encima, o que te orines en los calzones. Esto último seguro
De tu calidad profesional y política que en los demás denuncias, esa sí güey que es una frase. Ahí sí hasta tú debes haberte cagado de risa. De que los tabuladores salariales a cada cual debían asignarse según su trabajo, inaplicaciones aparte, vaya que desenmascara, cretino, el ser comunitario tan muy otro (sic) al que tanto remitias tu ética militante.
Por cierto, Onésimo. En nuestro país, la reivindicación social del ser hombre en la que tu te suponías no viene dada por la violencia o fuerza desigual que un sujeto del sexo masculino emplea. En los últimos tiempos ya ni siquiera por su valiente arrojo o capacidad para soportar el dolor que tú jamás, por cierto, has mostrado tener o, llegado el caso, soportarías. Pero siempre, en cualquier cultura, descubierto que sea, sí por la confesión honesta y pública de la comisión de sus agravios y, lo principal, la disposición a asumir con entereza y bajo las sanciones que su tiempo prescriba las consecuencias de sus actos. O sea que, hombre, Onésimo, lo que en nuestro país bajo esas premisas así se nombra, no eres. ¿Qué eres, entonces, cobarde, si hombre, aunque fuera en diminutivo, es lo único que pudiste haber sido y no fuiste? Lo que sí hay que reconocerte es que, en el plano de la escoria, lo que sea que eres y hayas sido, Onésimo, lo fuiste y lo eres en toda su magna integridad.
Hace unos meses maniobraste en Siltepec, tu tierra de origen, para que el compañero del Compitch Juan Hidalgo fuera desacreditado en su esfuerzo por denunciar la prospección minera y ubicar ahí la sede del encuentro contra estos saqueos y su polución adyacente.
Hay más de parte nuestra, de antes, todas alevosías reclamadas en escritos formales enviados a tí años antes, pero ya con las más graves que de otros cargas y hoy se hacen públicas te da para hundirte un buen tramo bajo el subsuelo.
Eres capaz de todo. Pero sobre todo de no dar la cara, de acometer a trasmano, de vociferar en oblicuo cuando la evidencia te toca como lo hace ahora.
En ese sentido, Onésimo, tu problema es doble: hacer lo que hiciste, delinquir vaya, y no afrontar tus actos, por viles que hayan sido y fueron. Te preparaste, como los cobardes se preparan, para ir por la espalda o abusar de los orillados, no para ser descubierto y encarado, mucho menos para asumir lo que viniera. Sólo falta que, ahora sí, le pidas protección a la Procu, o que te inflingas arañazos y denuncies que una turba de sicarios bajo instrucción de tus denunciantes te puso la mano encima, o que te orines en los calzones. Esto último seguro
De tu calidad profesional y política que en los demás denuncias, esa sí güey que es una frase. Ahí sí hasta tú debes haberte cagado de risa. De que los tabuladores salariales a cada cual debían asignarse según su trabajo, inaplicaciones aparte, vaya que desenmascara, cretino, el ser comunitario tan muy otro (sic) al que tanto remitias tu ética militante.
Por cierto, Onésimo. En nuestro país, la reivindicación social del ser hombre en la que tu te suponías no viene dada por la violencia o fuerza desigual que un sujeto del sexo masculino emplea. En los últimos tiempos ya ni siquiera por su valiente arrojo o capacidad para soportar el dolor que tú jamás, por cierto, has mostrado tener o, llegado el caso, soportarías. Pero siempre, en cualquier cultura, descubierto que sea, sí por la confesión honesta y pública de la comisión de sus agravios y, lo principal, la disposición a asumir con entereza y bajo las sanciones que su tiempo prescriba las consecuencias de sus actos. O sea que, hombre, Onésimo, lo que en nuestro país bajo esas premisas así se nombra, no eres. ¿Qué eres, entonces, cobarde, si hombre, aunque fuera en diminutivo, es lo único que pudiste haber sido y no fuiste? Lo que sí hay que reconocerte es que, en el plano de la escoria, lo que sea que eres y hayas sido, Onésimo, lo fuiste y lo eres en toda su magna integridad.



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