lunes, septiembre 03, 2007

MENSAJE PASTORAL DE MONSEÑOR BOBADILLA Con motivo del Día Nacional del Migrante

"José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre y se retiró a Egipto". Mt. 2.14

Muy estimados sacerdotes, religiosos, religiosas, catequistas, laicos y laicas comprometidos en el anuncio de la Buena Nueva de Jesús, les saludo fraternalmente deseándoles paz y bien en sus labores cotidianas en la construcción del Reino de Dios. Así mismo, los motivo a construir la solidaridad sin fronteras a través de la comunión fraterna, y ser puentes de esperanza en un mundo globalizado en donde se acentúan cada día más las injusticias sociales, las violaciones a los derechos humanos en contra de nuestros hermanos y hermanas migrantes.

El primer domingo de septiembre celebramos con alegría el Día Nacional del Migrante. Es una gran oportunidad para reflexionar sobre el drama que viven las personas migrantes, en especial las familias que se desintegran a causa de la migración forzada, obligadas a buscar mejores oportunidades de vida en otros países. Hoy día, existen millones de personas concretas que por distintos motivos están en constante movilidad.

En muchos países constituye un hecho importante la dramática situación que viven los migrantes, desplazados y refugiados sobre todo por causas económicas, políticas y de violencia. Por esta razón, los migrantes deben ser acompañados pastoralmente por sus Iglesias de origen y estimulados a integrarse en las tierras y comunidades que los acogen, compartiendo con ellos las riquezas de su fe y de sus tradiciones religiosas. Los migrantes que parten de nuestras comunidades pueden ofrecer un valioso aporte a las comunidades que los acogen.

El amplio fenómeno de personas en movilidad, que caracteriza nuestro país, nos convoca a seguir a Cristo, pobre, excluido y desplazado, en la experiencia de camino, que mujeres y hombres están haciendo para hallar respuestas de vida a los problemas graves que impone la estructura social actual. Asimismo, el proceso de transformación cultural, inherente a la globalización, nos urge a dar respuestas a los nuevos desafíos modernos.
En este contexto, "la Iglesia, como Madre, debe sentirse a sí misma como Iglesia sin fronteras, Iglesia familiar, atenta al fenómeno creciente de la movilidad humana en sus diversas dimensiones". Aquí señalamos que, "la realidad de las migraciones no se ha de ver nunca sólo como un problema, sino también y sobre todo, como un gran recurso para el camino de la humanidad" (1)

"Entre las tareas de la Iglesia a favor de los migrantes está, indudablemente, la denuncia profética de los atropellos que sufren frecuentemente, como también el esfuerzo por incidir, junto a los organismos de la sociedad civil, en los gobiernos de los países, para lograr una política migratoria que tenga en cuenta los derechos de las personas en movilidad". Principalmente, el derecho a la reunificación familiar, la no separación de las familias - padre, madre e hijos - por las redadas y deportaciones masivas como lo hace Estados Unidos y otros países de la región de forma unilateral, donde se manifiesta claramente el rechazo, la discriminación en contra de los migrantes trabajadores, sean ellos, indocumentados o documentados.

Rechazamos cualquier ley migratoria que va en contra de los migrantes. Los migrantes también tienen derecho de disfrutar del amor, del cariño y del calor de un hogar.

Por otra parte, es fundamental tener presente también a los desplazados por causa de la violencia. En los países azotados por la violencia se requieren acciones concretas de parte de los gobiernos para acompañar a las víctimas y brindarles seguridad y apoyarlas para que puedan vivir dignamente de su propio trabajo. Exigimos a los gobiernos que cambien las legislaciones internas para promover una ciudadanía universal en la que no haya distinción de personas, principalmente en los países de tránsito y destino.

Toda la acción en materia de derechos humanos no debe ser tratada a la luz de la soberanía o seguridad estatal, sino más bien de forma integral, digna, solidaria; apegada a los convenios y tratados internacionales en el estricto respeto a la integridad física y moral de la persona.

En este duro Vía Crucis del migrante y de sus familiares, invito a todas las diócesis, parroquias y comunidades a celebrar el Día del Migrante a la luz de la fe viva en el Jesús peregrino desde el nacimiento, y a escuchar el grito de indignación de miles de migrantes víctimas da las políticas y leyes injustas, que clama al cielo lleno de esperanza por un futuro mejor donde sea que se encuentren.

Asimismo, los motivo a que hagan un gesto de solidaridad en este día para apoyar caritativamente la misión de la pastoral de movilidad humana. Estas ayudas pueden ser enviadas en los lugares en donde se brinda hospedaje y alimentación a los migrantes. La eficacia de la caridad se trasforma en la espiritualidad de comunión compartida hacia la población migrante más vulnerable.
Con el corazón lleno de compasión por el sufrimiento de los migrantes, exhorto a todos los guatemaltecos y guatemaltecas a poner en práctica la enseñanza de Jesús, practicar la hospitalidad sin fronteras, principalmente con los emigrantes más necesitados, encarcelados, deportados e indefensos por las malas prácticas de ciertas autoridades sin escrúpulos.

Que el amor de la Sagrada Familia, Jesús, María y José acompañe el caminar esperanzado de cada emigrante y su familia. Que el calor humano de la Sagrada Familia nos bendiga a todos. * Mons. Rodolfo Bobadilla MataObispo de HuehuetenangoPresidente de la Pastoral de Movilidad HumanaConferencia Episcopal de Guatemala
Guatemala de la Asunción, 31 de Agosto 2007.
Nota:
(1) Benedicto XVI, Alocución en la jornada mundial del migrante y del refugiado, 2007

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