martes, agosto 11, 2009

La guerra de 1997 en Chenalhó

Sak Mesantojtik, Chis.- “La guerra” le llaman los tzotziles el periodo violento que se registró en 1997 y que tuvo su más álgido momento con el asesinato de 45 personas, el 22 de diciembre de ese año, en Acteal. “Yo tenía 12 años cuando pasó la guerra”, rememora Moisés Gómez Hernández, un pastor de una iglesia de corte Pentecostés.

Hace 12 años, un grupo de entre 80 a 90 hombres con fusiles de asalto recorría las comunidades de Chenalhó, para matar, quemar casas y robarle sus pertenencias a los rebeldes del Ejército Zapatista de Liberación (EZLN) y miembros de “Las Abejas”.

El tzotzil Vicente Pérez Gómez, de 53 años de edad, como zapatista sufrió la persecución de los paramilitares que operaban en 13 comunidades del municipio de Chenalhó

“Sufrí bastante”, rememora Vicente que por varios días vivió con su esposa e hijos en la montaña, donde sobrevivió con la ayuda que proporcionaban las comunidades con tostadas y frijoles.

La violencia obligó el arribo de tropas del Ejército que instalaban campamentos en las montañas.“No se preocupen. Aquí estamos para protegerlos”, decían los militares a los zapatistas, pero ni la presencia de más de 30 mil efectivos militares y de la policía detuvo la violencia.



En un día, el grupo de 200 hombres y mujeres que se escondía en las montañas se alimentó sólo con tostadas, que debieron contar previamente para que ni uno y otro recibiera más alimento.



La huida

El 18 de septiembre, los habitantes de Sak Mesantojtik, oyeron que “ya venían los paramilitares” y se acrecentaban los disparos, por lo que salieron con lo que tenían puesto hacia la montaña. Para las 11 de la mañana, el grupo de 20 tzotziles estaba a salvo en el otro lado del río y fue ahí cuando supieron que el pueblo era arrasado.



Desde septiembre a diciembre, los disparos de armas de fuego, por las noches y las mañanas eran frecuentes.

Los paramilitares no daban tregua y no respetaban a sus adversarios. Las constantes balaceras sobresaltaban a los zapatistas y miembros de la organización civil “Las Abejas”. Los niños eran los afectados. “Lloraban mucho”, explica Nicolás Jiménez, un habitante de Majomut.



Rosa Gómez Gómez, de 42 años, esposa de Vicente lloró al ver las columnas de humo que se divisaban donde se guarecían, a casi una legua de Sak Mesantojtik. “No llores. Así es la guerra”, deslizó Vicente a su esposa, que a partir de ese momento sería uno de los 12 mil desplazados que dejaron sus hogares por la violencia de los paramilitares.



Con sus hijos enfermos por el frío y la falta de alimento, Vicente y Rosa debieron permanecer varios días más en las montañas, hasta que llegaron a Polhó.



Retorno doloroso

Cuando Vicente puedo regresar momentáneamente al poblado pudo ver que no había casas en pie. En su caso, los paramilitares le robaron 60 bultos de café, 94 aves y enseres domésticos.



La banda de paramilitares era violenta. Agustín, indígena tzotzil y ex soldado nativo de Los Chorros se dedicaba a dar entrenamiento en el uso de armas y entrenamiento físico a los paramilitares, cuentan los pobladores.



Lorenzo Pérez Vázquez, que conocían como un joven menudito, era uno de los integrantes de los hombres que desataba su furia con los zapatistas.



Joaquín Vázquez Vázquez, otro de los paramilitares que lo conocían como “un chingón”, perdió la vida en un enfrentamiento en Majomut, al oriente de Polhó.



El domingo pasado Vicente regreso al lugar donde salió hace 12 años y recorrió el terreno donde estaba su casa y la cocina. Mostró el único vestigio que permanecía, de su antiguo hogar que fue arrasado por los paramilitares, como es un tubo que sostiene una celda solar que utilizaba para proveerse de energía en su casa.



Recuerdos tristes

Para diciembre de 1997, en Polhó, sede del Consejo Autónomo del EZLN, se habían congregado 9 de los 12 mil desarraigados que sobrevivían precariamente, mientras esperaban ayuda humanitaria de organismos cooperantes nacionales y extranjeros.



Vicente, Rosa y sus hijos instalaron una choza con ramas y plásticos, para protegerse de la inclemencia del tiempo.

Para antes de la masacre de Acteal, la familia de Vicente y Rosa estaba en harapos, con varios kilos menos. “Era yo gordo. Me enflaquecí mucho. Sufrimos un chingo”.



En una montaña de Xolontoj, al norte de Polhó, el 22 de diciembre, Vicente escuchó los disparos de los paramilitares que atacaban a las familias de Acteal durante varias horas.



En 1997, Moisés era un niño de 12 años de edad, que prácticamente sin ropa y sin zapatos, se movía a donde fueran sus padres. “La guerra”, como le llama los sucesos de 1997, aun lo tiene claro. “Me daba mucho miedo los disparos de las armas de fuego”.



En el refugio donde Vicente y su familia se guarecían llegó el rumor en la tarde del 22 de diciembre, que eran 145 los muertos, pero al siguiente día las cifras se clarificaron.



“Los hermanos de Las Abejas no estaban armados. Sólo estaban orando”, dice Pérez Gómez, que en junio de 2004 abandonó el campamento de Polhó, para comprar un predio al norte de su antiguo poblado.



Otra vez el temor

A 12 años de “la guerra”, Vicente nunca recibió ayuda oficial por los daños que sufrió en su poblado.

A igual que Vicente se encuentran Lorenzo y Agustín Méndez Pérez, Agustín Ortíz Pérez, Juan y Fernando Ortíz Pérez y Agustín Ortiz Jiménez, que perdieron todas sus propiedades a manos de los paramilitares.



Con la venta de su café en el 2004, Vicente compró un terreno en cinco mil pesos y edificó una nueva casa con siete mil pesos más.



En la actualidad Vicente ya no permanece en las filas del EZLN. Se retiró con su familia y sus siete hijos de la organización en la que militó desde 1994.



Aunque desde hace varios años no se han registrado hechos de violencia, la liberación de 40 tzotziles vinculados con los grupos armados ha preocupado a los zapatistas y miembros de Las Abejas, pero los habitantes que no militan en ninguna otra organización consideran que “no pasará nada”, porque “ya hay paz”.





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