sábado, junio 27, 2009

“Niña, levántate”

XIII Domingo Ordinario
+ Enrique Díaz Díaz
Obispo Auxiliar de San Cristóbal de las Casas

En aquel tiempo, cuando Jesús regresó en la barca al otro lado del lago, se quedó en la orilla y ahí se le reunió mucha gente. Entonces se acercó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo. Al ver a Jesús, se echó a sus pies y le suplicaba con insistencia: “Mi hija esta agonizando. Ven a imponerle las manos para que se cure y viva”. Jesús se fue con él y mucha gente lo seguía y lo apretujaba.

Entre la gente había una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años. Había sufrido mucho a manos de los médicos y había gastado en eso toda su fortuna, pero en vez de mejorar, había empeorado. Oyó hablar de Jesús, vino y se le acercó por detrás entre la gente y le tocó el manto, pensando que, con sólo tocarle el vestido, se curaría. Inmediatamente se le secó la fuente de su hemorragia y sintió en su cuerpo que estaba curada.

Jesús notó al instante que una fuerza curativa había salido de él, se volvió hacia la gente y les preguntó: “¿Quién ha tocado mi manto?”. Sus discípulos le contestaron: “Estás viendo cómo te empuja la gente y todavía preguntas: ¿Quién me ha tocado?” Pero él seguía mirando alrededor, para descubrir quién había sido. Entonces se acercó la mujer, asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado; se postró a sus pies y le confesó la verdad. Jesús la tranquilizó, diciendo: “Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y queda sana de tu enfermedad”.

Todavía estaba hablando Jesús, cuando unos criados llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle a éste: “Ya se murió tu hija. ¿Para qué sigues molestando al Maestro?” Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: “No temas. Basta que tengas fe”. No permitió que lo acompañaran más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago.

Al llegar a la casa del jefe de la sinagoga, vio Jesús el alboroto de la gente y oyó los llantos y los alaridos que daban. Entró y les dijo: “¿Qué significa tanto llanto y alboroto? La niña no esta muerta, está dormida”. Y se reían de él.

Entonces Jesús echó fuera a la gente, y con los padres de la niña y sus acompañantes, entró a donde estaba la niña. La tomó de la mano y le dijo: “¡Talitá, Kum!”, que significa: ¡Óyeme, niña, levántate!” La niña, que tenía doce años, se levantó inmediatamente y se puso a caminar. Todos se quedaron asombrados. Jesús les ordenó severamente que no lo dijeran a nadie y les mandó que le dieran de comer a la niña (Mc 5, 21-43).

“Viuda”
“Hace ocho años que mi marido se fue a los Estados Unidos y no ha regresado. Al principio teníamos noticias de él, pero cada vez se fueron espaciando mucho más y ya hace algunos años que no tenemos ni una noticia, ni sabemos dónde andará. Mis niños, Lupita de nueve años y Andrés de once, ya no se acuerdan de él y sólo lo conocen en fotos. Al principio no hallaba qué hacer, me quedé como atontada con su partida. Poco a poco, empecé buscar la forma de trabajar en nuestro campo, pero es muy difícil. Algo me ayudan mis parientes, pero para una mujer sola es muy difícil, hay lugares donde hay puros hombres. En las asambleas ni quieren que yo esté presente, pero si me descuido me quitan la parcela. Otros ofrecen ayuda, pero siempre con dobles intenciones”. Son las palabras de Soledad, una de tantas “viudas”, en la práctica, que ha dejado la migración. Se enfrenta no sólo a las dificultades propias del trabajo del campo, de la educación de los hijos, sino también a la discriminación, desprecio y obstáculos que nuestra sociedad le pone a la mujer. ¿De verdad tienen los mismos derechos y oportunidades hombres y mujeres?

“Dos mujeres”
Hay milagros y acciones de Jesús que para nuestra mentalidad parecen grandiosos, pero que no reflejan todas las dificultades y situaciones especiales en que fueron realizados. Hoy se nos presentan dos de esos “milagros” que encierran un contenido muy profundo tanto para aquel tiempo como para nuestros días. Por principio de cuentas, las beneficiarias de esos milagros, en ambos casos, son mujeres. Pero son dos mujeres sobre las que ha caído la desgracia de ser condenadas por la propia legislación y costumbres judías. La esterilidad, la enfermedad y la muerte sin hijos, son vistas como castigo divino y como condena por los pecados. Una mujer que padece un flujo de sangre durante doce años y una niña que muere a los doce años, sin alcanzar la plenitud de la vida y sin dejar descendencia, son vistas, ante la tradición judía, como impuras y como dignas de castigo. Sin embargo para Jesús no es así, para Él no existe esta marginación social que imponían estas comunidades a la mujer y que en estos casos se ven acrecentadas por la enfermedad y por la muerte.

“Violencia contra la mujer”
Nos llega la palabra y el ejemplo de Jesús en una semana que las noticias han dado cuenta de la grave situación de prostitución y trata de personas en la frontera sur. Con escándalo se ha dado a conocer que niñas y niños de apenas doce años, son sometidos a violaciones y se convierten en mercancía de gentes sin escrúpulos que sólo buscan su propia ganancia. Son incontables las mujeres que son violadas y violentadas en los propios hogares; y aún en los “supuestamente hogares regulares”, a la mujer se le niega en muchas ocasiones el derecho a la palabra y a la propia realización. Las estadísticas de educación nacional han manifestado una vez el grave deterioro de nuestro sistema educativo y con agravantes en las zonas más pobres, entre los indígenas y campesinos, y en un último lugar aparece la mujer. Discriminada, acusada, vejada y poco reconocida en una sociedad que está reclamando los derechos y que dice que lucha por la vida. ¿Qué nos toca hacer como cristianos? ¿Qué nos exige Jesús en el Evangelio?

“Más allá de las leyes”
En primer lugar Jesús aparece como el gran liberador, al margen y en contra de las leyes de la pureza. No se encierra en un mesianismo fácil, sino que desafía las incongruencias de una ley que esclaviza. No se oculta en prescripciones de pureza, sino que se deja tocar y toca, tanto a la que es considerada impura como a la que ya está muerta. En los dos casos transgrede, libera y supera una religión legalista que está incapacitada para curar y dar vida. Pero así es Jesús, siempre está cerca, nunca condena y siempre rescata la dignidad y la vida de la persona. Busca hacer el bien y valora a cada persona, aunque ello le traiga problemas. Pero además lo hace de una manera muy discreta, como si Él no estuviera propiamente implicado, sino que deja el protagonismo primero a la mujer enferma y después al padre de la niña. Es más, resalta la fe de cada uno de ellos y el “milagro” sucede porque “han tenido fe”. No es la actitud paternalista del que todo lo resuelve; pero sí es la actitud del amigo que está cerca para recibir la mano que se extiende pidiendo ayuda.

“Salvación”
En ambos milagros me llama la atención que Jesús no solamente cura, sino que “salva”, que va mucho más allá del resultado físico. Es muy importante la salud de las personas pero es mucho más importante la plenitud de la vida y la salvación. Debemos empeñarnos en curar y restañar las heridas que este mundo loco va dejando en las personas, pero debemos empeñarnos mucho más en buscar estructuras justas que hagan vivir a cada persona como hijo de Dios y en especial en este día, nuestra inquietud y nuestra atención se centrarán en la situación difícil por la que atraviesan muchas mujeres en una sociedad que les niega un lugar digno. La actitud de Jesús ante cada una de ellas es un reclamo para nosotros como Iglesia y como sociedad. No es justa la situación en la que se encuentran muchas mujeres ni en la familia, ni en el trabajo, ni en la educación, ni en el respeto a su dignidad de personas. A la sugerencia de no molestar más a Cristo frente a la muerte de la niña, Cristo responde con una palabra alentadora: “No temas. Basta que tengas fe”. Para quienes dicen que no hay nada que hacer y se hunden en el pesimismo, son estas mismas palabras. Para aquellas mujeres que se han cansado de tanto luchar, llegan como un aliciente que les ayuda a fortalecer su corazón.

“Niña, levántate”
Las palabras de Jesús que rescatan de la muerte a aquella niña, siguen sonando para todas las mujeres que sienten que han perdido el rumbo y que no tienen alientos para levantarse. Es cierto que es duro el camino, es cierto que la sociedad no da nada, es cierto que parecería más fácil caer en el oropel de una vida fácil y concorde a una sociedad consumista. Pero la palabra de Jesús tiene la virtud de levantarnos, de devolvernos la esperanza y nuevamente buscar una vida más digna y llena de salvación. Tenemos la gran tarea como discípulos de Jesús de imitar a nuestro maestro. Debemos construir nuevas situaciones de respeto y dignidad para cada uno y cada una de sus hijos e hijas. También a nosotros nos pide que nos levantemos que tengamos fe, que no nos dejemos dominar por el miedo y las ataduras de una tradición. Como Iglesia nos falta dar mucho reconocimiento y valoración al trabajo apostólico, catequético y de vida que realizan las mujeres dentro de nuestro ámbito eclesial.

Padre de bondad, que por medio de tu gracia nos has hecho hijos de la luz, concédenos vivir fuera de las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de la verdad. Amén.


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