sábado, enero 17, 2009

Dios, ¿en extinción?

Dios, ¿en extinción?

II Domingo Ordinario

En aquel tiempo, estaba Juan el Bautista con dos de sus discípulos, y fijando los ojos en Jesús, que pasaba, dijo: “Este es el Cordero de Dios”. Los dos discípulos, al oír estas palabras, siguieron a Jesús. El se volvió hacia ellos, y viendo que lo seguían, les preguntó: “¿Qué buscan?” Ellos le contestaron: “¿Dónde vives, Rabí”? (Rabí significa ‘maestro’). El les dijo: “Vengan a ver”.

Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Eran como las cuatro de la tarde. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron lo que Juan el Bautista decía y siguieron a Jesús. El primero a quien encontró Andrés, fue a su hermano Simón, y le dijo: “Hemos encontrado al Mesías” (que quiere decir ‘el Ungido’). Lo llevó a donde estaba Jesús y éste, fijando en él la mirada, le dijo: “Tú eres Simón, hijo de Juan. Tú te llamarás Kefás” (que significa Pedro, es decir ‘roca’) (Jn 1,35-42).

En extinción
Dos noticias me han sorprendido esta semana: la primera es referente a la vida animal en Chiapas. Se anuncia hasta con angustia que especies propias de la selva han ido despareciendo y que en los últimos años se han perdido un sinnúmero de ejemplares que ya no podrán ser conocidos por las generaciones venideras y que otras están en vías de extinción. El periodista con rabia expresaba que no tenemos derecho a acabar con esa vida y que nada podrá suplir a una especie que se extingue, porque no habrá forma de hacerle experimentar a una persona lo que ya no existe. Por otra parte, se inició una campaña contra la existencia de Dios. En Londres, Madrid y Barcelona aparecieron anuncios en los autobuses: “Dios no existe. Disfruta la vida” como si a alguien le estorbara la existencia de Dios y anunciara su extinción. Lo triste es que algunos se lo creen porque “no lo han visto”, como el pequeñito de la ciudad de México que creía que ya no había estrellas porque el smog, las construcciones y su encierro nunca le habían permitido contemplarlas.

Encuentro
Hay encuentros que cambian la vida y transforman a las personas. Hay encuentros que parece imposible no haberlos tenido antes porque se dan de una manera tan íntima y personal que pareciera que toda la vida los estuviéramos esperando. En el evangelio de hoy, Juan nos relata el encuentro de los primeros discípulos con Jesús. No es la narración periodística de un encuentro, sino la narración de un momento que ha transformado la vida y que después puede ser narrado en detalles y símbolos que en un primer momento pudieran pasar inadvertidos. Encontramos muchos elementos simbólicos que describen toda la persona de Jesús. Dos discípulos de Juan escuchan a su maestro expresarse sobre Jesús como el “cordero de Dios”, y sin preguntas o vacilaciones, con la misma ingenuidad que el joven Samuel que hemos contemplado en la primera lectura, siguen a Jesús, es decir, se disponen a ser sus discípulos, lo que implicará un cambio definitivo para sus vidas. ¿Por qué siguieron a Jesús? ¿Simple curiosidad? ¿Qué los impactó más? Ciertamente la presentación que hace Juan Bautista diciendo que Jesús es “El Cordero”, implica toda una tradición muy viva en la cultura judía, pero esto no parece ser el motivo de su seguimiento.

¿Dónde vives?
Al verlos Jesús, entabla un diálogo con ellos: “¿Qué buscan?”, como cuestionando hasta dónde están dispuestos a seguirlo. Cuando ellos responden: “¿Dónde vives, Rabí?”, realmente están preguntando: ¿dónde te manifiestas como eres?, ¿cuáles son realmente los ámbitos propios donde te podemos encontrar? Jesús simplemente les dice: “Vengan y lo verán”. Estos buscadores desean entrar en la vida del Maestro, estar con él, formar parte de él. Y Jesús no se protege guardando las distancias, sino que los acoge y les invita a su morada. Este gesto simbólico se ha comentado siempre como una de las condiciones de la evangelización: no basta dar palabras sino hechos, no teorías sino vivencias, no hablar de la buena noticia sino mostrar cómo la vive uno mismo. O sea: la evangelización no tiene que ser una lección teórica, sino un testimonio, el evangelizador no es un profesor que da una lección, sino un testigo que ofrece su propio testimonio personal.

Los lugares de Jesús
En días pasados en la cárcel uno de los presos me comentaba: “hasta ahora que estoy preso y entre los presos he encontrado a Jesús y ¡mire dónde lo vine a encontrar! ¡Entre los despreciados del mundo! Hoy también a nosotros Jesús nos dice que para conocerlo se necesita experimentar donde Él vive: en su Palabra, en su Eucaristía, en la vida de los pobres y sencillos. La pobreza y sencillez siguen siendo el ámbito de Jesús, sólo quien quiere permanecer ciego no lo puede descubrir. Quizás tengamos miedo de encontrarnos con Jesús y prefiramos declarar su muerte o su extinción… pero ahí sigue Jesús viviendo muy cerca de nosotros, compartiendo la vida, es más, amándonos aunque nosotros no queramos reconocerlo. Nada puede sustituir la experiencia de fe personal, honda e íntima, de donde nacerá el deseo de seguir e imitar a Jesús. El culmen del proceso cristiano está en la experiencia de Jesús como aquellos discípulos que “Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día”.

Misioneros
El impacto de la vivencia, del testimonio, conmueve a los discípulos, y ellos se convierten en mensajeros que atraerán a nuevos discípulos. A Pedro hasta el nombre le cambia para indicar la profundidad de este encuentro. Seguir a Jesús, caminar con él, no puede hacerse sin haber tenido una experiencia de encuentro con él. Pero también una vez encontrado Jesús no podemos continuar con nuestra vida gris e indiferente. Encontraremos un verdadero impulso y una nueva fuerza para servir a los hermanos al estilo de Jesús, para dar a conocer, con obras más que con palabras, su persona y su vida. Será urgente convertirnos en misioneros de su Evangelio.

Ciertamente la vida actual está llena de ruidos, de prisas, de sonidos que se intercambian, pero eso no nos da el derecho de decir que Dios no existe. Cuando Samuel (primera lectura) escuchó el llamado de Dios, se dice que en aquel tiempo la palabra de Dios era escasa. Y uno se pregunta, si la palabra de Dios es escasa o nosotros estamos tan sordos que no queremos escucharla, perdemos la capacidad del silencio, la capacidad de escuchar en nuestra interioridad la voz de Dios que nos habita. Dios puede continuar siendo aquel desconocido en el cual estamos inmersos y rodeados por su amor. Hoy debemos hacernos una serie de preguntas y disponer nuestro corazón para responder sinceramente al Señor. ¿Estoy dispuesto a reconocer a Jesús en mi vida cotidiana y permitir que trastoque mis intereses más profundos? ¿Puedo, como Pedro, no sólo cambiar mi nombre, sino mis actividades y prioridades? ¿Estoy dispuesto a tener un encuentro profundo con Jesús? ¿Qué medios estoy poniendo para que pueda realizarse?

Padre bueno, que en Jesús nos muestras todo tu amor y quieres encontrarte con cada uno de nosotros, dispón nuestro corazón conforme a tus deseos y permítenos ese encuentro profundo que transforme nuestras vidas en un verdadero seguimiento de Jesús. Amén


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