sábado, enero 17, 2009

Desde Los Altos

Desde Los Altos

Fredy López Arévalo

Ayer tembló en San Cristóbal y yo no lo sentí.

Varios fueron los que me hicieron notar el sacudimiento de la tierra, pero, insisto, yo no lo sentí.

Mi esposa tampoco.

Es raro: mi amigo Raúl me llamó con cierto tono de angustia.

Su casa crujió.

Haría unos 15 minutos que nos habíamos despedido.

Retornamos de Tuxtla juntos, en mi auto, y pasamos a su casa para compartir un pastel con Claudia, su esposa, y sus dos hijos: Samara y Daniel.

Era el cumpleaños número 39 de Claudia, aunque de seguro ella hubiese preferido que no mencionara su edad.

Tendré que explicarle mañana que son gajes del oficio: no puedo maquillar la verdad, mi oficio me lo impide.

Pero no habían pasado ni 15 minutos cuando Raúl me llamó por teléfono: “¿Sentiste el temblor?”.

“¡No!”, le dije lacónico.

La verdad es que no sentí nada.

Es lo mismo que dije a Jorge, mi hermano, que vive al lado de mí.

Según él, eso no es posible, porque en el momento que sucedió el temblor ya estaba yo conectado en la red.

Pero no lo sentí.

Es molesto tener que repetir una y otra vez la misma palabra, y que los demás permanezcan incrédulos, pero digo la verdad: No lo sentí, tal vez sucedió en el momento en que yo me paraba de la taza de baño, para ceder el lugar a Julieta, de apenas cuatro años, que ya estaba tocando a la puerta para demandar turno.

Tal vez sucedió en el preciso momento en que le hacía ver que traía al revés los zapatos o cuando yo me levantaba de la taza de baño.

Tal vez…

Chan Kin fue el primero en preguntarme por el suceso, pero hube de responder que no, que no había sentido absolutamente nada.

La verdad es que estaba yo demasiado cansado y dispuesto a llamar al Expreso de Chiapas, que es donde laboro, para disculparme. Por más que hurgaba yo en mi cabeza no hallaba sobre que escribir, y extrañamente nadie me envió nada ayer para poder reflexionar sobre un tema.

La política ya me tiene harto: ¿De qué sirve matarse escribiendo si al despertarse en la mañana siguiente todo sigue igual?

Del narcotráfico, mejor ni meterse: ¿De qué sirve, si todo hace suponer que narcotráfico y política están coludidos?

Decidí ocupar mi tiempo en responder a una entrañable colega de Vancouver, Canadá, que recién me contactó.

Hace 11 años que nos conocimos: ella fue la que sacó a colación el tema.

Nadine Pateasen se llama, y ahora tiene un hijo con el novio de toda su vida y concluye tres libros.

La última vez que tuve noticias de ella, trabajaba en el Yukon, muy al norte de Canadá, en un diario que lleva el nombre de esa vasta región: The Yukon Times.

Entonces me hizo llegar una foto suya sentada en un retrete de montaña, con un letrero detrás que advertía sobre el peligro de los osos polares.

Siempre me pregunté si alguien le había tomado la foto o si ella misma se la había tomado, con esos sistemas automáticos.

Pero ayer me dijo algo que me dejó pensativo: “Ahora tengo los mismos años que tu tenías cuando nos conocimos”, me dijo.

Entonces yo tenía 34 y ella 24.

Hace rato que intentaba ponerse en contacto conmigo, según me explicó en su primer mail. Me buscó en Facebook, pero lamentablemente encontró como a 20 Fredy López de México hasta Columbia Briotánica y ningún Fredy López Arévalo.

Entonces optó por buscarme en Internet, en Google, y así supo que estaba de vuelta en Chiapas, que todavía me dedicaba a escribir y que tenía algún tipo de problema con el gobierno de Chiapas. (“¡Cuídate por favor!”, me puso en paréntesis, como yo lo hago ahora).

Al final, mi amiga se agota de su español y me escribe: “And I wish I could write more fluently in Spanish, but I'm lazy, and I haven't spoken or written it in years...so this is unfortunately about as good as it gets”.
Lo siento!
Nadine (en Vancouver)

El mail de Nadine me tenía absorto, cuando bajo mi esposa, que dormía a mi hija Yuria en el piso de arriba.

Me puse un poco nervioso, aunque no había por qué: solo era una amistad de muchos años atrás que se volvía a poner en contacto.

Pero así es uno de tonto, y antes de que se acercara a curiosear lo que hacia, la increpé:

-¿Sentiste el temblor?

-“¿Cuál temblor?”, me dijo.

Es raro que ni yo ni ella hayamos sentido el movimiento telúrico.

“Fue oscilatorio”, me advirtió Jorge, mi hermano mayor, en ñosh, que a través del messenger me enteraba que mi madre también lo sintió.

Seguro que le llamó por teléfono, porque ella no es persona que chatee. Ya no le entró al Internet.

Ha de haber sido muy leve el temblor, para que ni mi esposa ni yo lo sintiéramos. Lamenté no tener radio en casa, para conocer el reporte oficial. Seguro que en todo San Cristóbal fuimos los únicos que no sentimos nada.

A saber…


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