XXXIII Domingo Ordinario
+ Enrique Díaz Díaz
Obispo Auxiliar de San Cristóbal de Las Casas
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: “El Reino de los cielos se parece también a un hombre que iba a salir de viaje a tierras lejanas; llamó a sus servidores de confianza y les encargó sus bienes. A uno le dio cinco talentos; a otro, dos; y a un tercero, uno, según la capacidad de cada uno, y luego se fue.
El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió un talento hizo un hoyo en la tierra y allí escondió el dinero de su señor.
Después de mucho tiempo regresó aquel hombre y llamó a cuentas a sus servidores. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: ‘Señor, cinco talentos me dejaste; aquí tienes otros cinco, que con ellos he ganado’. Su señor le dijo: ‘Te felicito, siervo bueno y fiel. Puesto que has sido fiel en cosas de poco valor te confiaré cosas de mucho valor. Entra a tomar parte en la alegría de tu señor’.
Se acercó luego el que había recibido dos talentos y le dijo: ‘Señor, dos talentos me dejaste; aquí tienes otros dos, que con ellos he ganado’. Su señor le dijo: ‘Te felicito, siervo bueno y fiel. Puesto que has sido fiel en cosas de poco valor, te confiaré cosas de mucho valor. Entra a tomar parte en la alegría de tu señor’.
Finalmente, se acercó el que había recibido un talento y le dijo: ‘Señor, yo sabía que eres un hombre duro, que quieres cosechar lo que no has plantado y recoger lo que no has sembrado. Por eso tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo’.
El señor le respondió: ‘Siervo malo y perezoso. Sabías que cosecho lo que no he plantado y recojo lo que no he sembrado. ¿Por qué, entonces, no pusiste mi dinero en el banco para que, a mi regreso, lo recibiera yo con intereses? Quítenle el talento y dénselo al que tiene diez. Pues al que tiene se le dará y le sobrará; pero al que tiene poco, se le quitará aun eso poco que tiene. Y a este hombre inútil, échenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y la desesperación”. (Mt 25, 14-30).
Dinero que se esfuma
Nunca como en el pasado mes de Octubre se sintió no solamente el descontrol de las bancas mundiales, sino pánico y desastre mundial. Cada día los periódicos del mundo entero daban noticias escalofriantes sobre el descenso impresionante de las bancas… y el ciudadano común y corriente, se quedaba atemorizado y sin saber a ciencia cierta a dónde habían ido a parar los capitales que estaban desapareciendo, pero con una extraña sensación de que todo se iba a poner peor. Siempre las cuentas de los grandes las pagan los pequeños ¡Ni duda cabe! Quizás lo que en esos días nos sorprendía era ver cómo también las grandes empresas y empresarios temblaban de miedo mirando cómo sus fortunas se deshacían sin remedio. En vano las inyecciones de los gobiernos, en vano las reuniones de los entendidos, el dinero seguía desapareciendo… Alguien decía: “Ahora sí todos serán conscientes de que se necesita una nueva política económica”. ¿Pero se habrá comprendido esto? Juan Pueblo se sigue preguntando: “¿Dónde quedó todo el dinero perdido?”
Los talentos
Mucho se ha discutido sobre la famosa moneda o medida económica llamada talento y su valor real. Es la moneda que ahora nos presenta el evangelio, pero en verdad que no importa mucho su valor ni es lo que pretende Jesús. Busca enseñarnos otra cosa mucho más importante que el dinero. La parábola es una invitación a una profunda revisión interior y una llamada a la vigilancia mientras se espera la venida del Señor. Con frecuencia se ha interpretado esta parábola solamente en el plano personal e individualista: los dones, las cualidades y el tiempo que Dios me ha dado, ¿qué he hecho con ellos? Y claro que es muy válida esta interpretación porque es una fuerte llamada de atención para cada uno de nosotros sobre todos estos “talentos” que el Señor nos ha confiado. Conocemos personas con enormes capacidades, con increíbles aptitudes que sin embargo no aportan nada a la comunidad, ni siquiera a su propia persona. No digamos ya que “han enterrado sus talentos”, sino que los han desperdiciado, los han utilizado para el mal, o bien de tanto guardarlos, acaban podridos.
Los bienes del Reino
Pero esta parábola me produce también una inquietud mayor. Al hablar Jesús del Reino de los Cielos, del “producir y multiplicar”, me hace pensar en valores y riquezas mucho más grandes. ¿Qué es lo que Jesús nos confía y que le preocupa que multipliquemos una y otra vez? ¿Cuál es esa riqueza que al acumularla no produce pobreza ni injusticia en los hermanos? Ciertamente Jesús está hablando de los valores del Reino: paz, amor, servicio, justicia, verdad, su gran sueño de que todos seamos hermanos y vivamos unidos. Estos son verdaderos valores por los que Jesús vivió y murió. Él vino a nosotros para decirnos que tenemos un solo Padre del cual todos somos hijos, y que nos da la posibilidad de participar en su vida divina construyendo desde aquí su mundo de amor. Cuando contemplo la vida que llevamos los cristianos me quedo con frecuencia pensando: ¿qué hemos hecho del Evangelio de Jesús? ¿Esto es lo que Jesús espera de nosotros? ¿Hemos trabajado y multiplicado lo que Jesús vino a traernos y ha confiado en nuestras manos? Su ejemplo y su doctrina deberían producir en nuestros pueblos riquezas incalculables de armonía, de justicia, de paz y de concordia.
La economía
Al leer esta parábola, a alguno se le ha ocurrido legitimar las actividades bancarias basado en ese pequeño párrafo que nos habla de poner el dinero en el banco para ganar los intereses. Aunque no es el propósito de la parábola, indudablemente que también nos podemos cuestionar sobre la economía del mercado que se había transformado en una especie de ídolo y se considera intocable. Y así, como “ídolo que tiene ojos y no ve, oídos y no oye”, se ha adueñado de conciencias, de países y de toda la naturaleza, produciendo graves desequilibrios y masas inmensas de desposeídos. Sin embargo ahora ha caído en una de sus más graves crisis. ¿Nos hará reflexionar sobre la injusticia que es dar la primacía al dinero sobre las personas? ¿Seguirá adelante esta maquinaria que destroza pueblos, comunidades y familias? Precisamente, los valores que nos ha dejado Jesús son los que hemos estado descuidando. Como cristianos tenemos una grave responsabilidad en procurar la justicia y la equidad en la distribución de los bienes.
Se acerca el final
Pero la parábola también tiene un fuerte sentido escatológico, reforzado por la lectura de la carta de San Pablo que anuncia: “El día del Señor llegará como un ladrón en la noche”. Se acerca el final y es hora de entregar cuentas claras. Nada de lo que tenemos es nuestro, solamente lo estamos administrando y las grandes riquezas que nos ha dejado el Señor, debemos entregarlas multiplicadas, no en maldades sino en obras buenas. A veces vivimos como si nunca fuéramos a morir y hoy nos recuerdan estas lecturas que solamente estamos de paso y que debemos vivir prevenidos. Por eso San Pablo afirma: “Ese día, a ustedes no los tomará por sorpresa, como un ladrón… No vivamos dormidos como los malos; antes bien, mantengámonos despiertos y vivamos sobriamente”
¿Cómo hemos hecho “producir” los bienes y las cualidades que Dios nos ha dado? ¿Cómo cuidamos y multiplicamos los valores del Reino? ¿Estamos preparados para entregar cuentas de todo lo que hemos recibido?
Concédenos, Señor, tu ayuda para entregarnos fielmente a tu servicio, porque sólo en el cumplimiento de tu voluntad podremos encontrar la felicidad verdadera, por Cristo, nuestro Señor. Amén.
+ Enrique Díaz Díaz
Obispo Auxiliar de San Cristóbal de Las Casas
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: “El Reino de los cielos se parece también a un hombre que iba a salir de viaje a tierras lejanas; llamó a sus servidores de confianza y les encargó sus bienes. A uno le dio cinco talentos; a otro, dos; y a un tercero, uno, según la capacidad de cada uno, y luego se fue.
El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió un talento hizo un hoyo en la tierra y allí escondió el dinero de su señor.
Después de mucho tiempo regresó aquel hombre y llamó a cuentas a sus servidores. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: ‘Señor, cinco talentos me dejaste; aquí tienes otros cinco, que con ellos he ganado’. Su señor le dijo: ‘Te felicito, siervo bueno y fiel. Puesto que has sido fiel en cosas de poco valor te confiaré cosas de mucho valor. Entra a tomar parte en la alegría de tu señor’.
Se acercó luego el que había recibido dos talentos y le dijo: ‘Señor, dos talentos me dejaste; aquí tienes otros dos, que con ellos he ganado’. Su señor le dijo: ‘Te felicito, siervo bueno y fiel. Puesto que has sido fiel en cosas de poco valor, te confiaré cosas de mucho valor. Entra a tomar parte en la alegría de tu señor’.
Finalmente, se acercó el que había recibido un talento y le dijo: ‘Señor, yo sabía que eres un hombre duro, que quieres cosechar lo que no has plantado y recoger lo que no has sembrado. Por eso tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo’.
El señor le respondió: ‘Siervo malo y perezoso. Sabías que cosecho lo que no he plantado y recojo lo que no he sembrado. ¿Por qué, entonces, no pusiste mi dinero en el banco para que, a mi regreso, lo recibiera yo con intereses? Quítenle el talento y dénselo al que tiene diez. Pues al que tiene se le dará y le sobrará; pero al que tiene poco, se le quitará aun eso poco que tiene. Y a este hombre inútil, échenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y la desesperación”. (Mt 25, 14-30).
Dinero que se esfuma
Nunca como en el pasado mes de Octubre se sintió no solamente el descontrol de las bancas mundiales, sino pánico y desastre mundial. Cada día los periódicos del mundo entero daban noticias escalofriantes sobre el descenso impresionante de las bancas… y el ciudadano común y corriente, se quedaba atemorizado y sin saber a ciencia cierta a dónde habían ido a parar los capitales que estaban desapareciendo, pero con una extraña sensación de que todo se iba a poner peor. Siempre las cuentas de los grandes las pagan los pequeños ¡Ni duda cabe! Quizás lo que en esos días nos sorprendía era ver cómo también las grandes empresas y empresarios temblaban de miedo mirando cómo sus fortunas se deshacían sin remedio. En vano las inyecciones de los gobiernos, en vano las reuniones de los entendidos, el dinero seguía desapareciendo… Alguien decía: “Ahora sí todos serán conscientes de que se necesita una nueva política económica”. ¿Pero se habrá comprendido esto? Juan Pueblo se sigue preguntando: “¿Dónde quedó todo el dinero perdido?”
Los talentos
Mucho se ha discutido sobre la famosa moneda o medida económica llamada talento y su valor real. Es la moneda que ahora nos presenta el evangelio, pero en verdad que no importa mucho su valor ni es lo que pretende Jesús. Busca enseñarnos otra cosa mucho más importante que el dinero. La parábola es una invitación a una profunda revisión interior y una llamada a la vigilancia mientras se espera la venida del Señor. Con frecuencia se ha interpretado esta parábola solamente en el plano personal e individualista: los dones, las cualidades y el tiempo que Dios me ha dado, ¿qué he hecho con ellos? Y claro que es muy válida esta interpretación porque es una fuerte llamada de atención para cada uno de nosotros sobre todos estos “talentos” que el Señor nos ha confiado. Conocemos personas con enormes capacidades, con increíbles aptitudes que sin embargo no aportan nada a la comunidad, ni siquiera a su propia persona. No digamos ya que “han enterrado sus talentos”, sino que los han desperdiciado, los han utilizado para el mal, o bien de tanto guardarlos, acaban podridos.
Los bienes del Reino
Pero esta parábola me produce también una inquietud mayor. Al hablar Jesús del Reino de los Cielos, del “producir y multiplicar”, me hace pensar en valores y riquezas mucho más grandes. ¿Qué es lo que Jesús nos confía y que le preocupa que multipliquemos una y otra vez? ¿Cuál es esa riqueza que al acumularla no produce pobreza ni injusticia en los hermanos? Ciertamente Jesús está hablando de los valores del Reino: paz, amor, servicio, justicia, verdad, su gran sueño de que todos seamos hermanos y vivamos unidos. Estos son verdaderos valores por los que Jesús vivió y murió. Él vino a nosotros para decirnos que tenemos un solo Padre del cual todos somos hijos, y que nos da la posibilidad de participar en su vida divina construyendo desde aquí su mundo de amor. Cuando contemplo la vida que llevamos los cristianos me quedo con frecuencia pensando: ¿qué hemos hecho del Evangelio de Jesús? ¿Esto es lo que Jesús espera de nosotros? ¿Hemos trabajado y multiplicado lo que Jesús vino a traernos y ha confiado en nuestras manos? Su ejemplo y su doctrina deberían producir en nuestros pueblos riquezas incalculables de armonía, de justicia, de paz y de concordia.
La economía
Al leer esta parábola, a alguno se le ha ocurrido legitimar las actividades bancarias basado en ese pequeño párrafo que nos habla de poner el dinero en el banco para ganar los intereses. Aunque no es el propósito de la parábola, indudablemente que también nos podemos cuestionar sobre la economía del mercado que se había transformado en una especie de ídolo y se considera intocable. Y así, como “ídolo que tiene ojos y no ve, oídos y no oye”, se ha adueñado de conciencias, de países y de toda la naturaleza, produciendo graves desequilibrios y masas inmensas de desposeídos. Sin embargo ahora ha caído en una de sus más graves crisis. ¿Nos hará reflexionar sobre la injusticia que es dar la primacía al dinero sobre las personas? ¿Seguirá adelante esta maquinaria que destroza pueblos, comunidades y familias? Precisamente, los valores que nos ha dejado Jesús son los que hemos estado descuidando. Como cristianos tenemos una grave responsabilidad en procurar la justicia y la equidad en la distribución de los bienes.
Se acerca el final
Pero la parábola también tiene un fuerte sentido escatológico, reforzado por la lectura de la carta de San Pablo que anuncia: “El día del Señor llegará como un ladrón en la noche”. Se acerca el final y es hora de entregar cuentas claras. Nada de lo que tenemos es nuestro, solamente lo estamos administrando y las grandes riquezas que nos ha dejado el Señor, debemos entregarlas multiplicadas, no en maldades sino en obras buenas. A veces vivimos como si nunca fuéramos a morir y hoy nos recuerdan estas lecturas que solamente estamos de paso y que debemos vivir prevenidos. Por eso San Pablo afirma: “Ese día, a ustedes no los tomará por sorpresa, como un ladrón… No vivamos dormidos como los malos; antes bien, mantengámonos despiertos y vivamos sobriamente”
¿Cómo hemos hecho “producir” los bienes y las cualidades que Dios nos ha dado? ¿Cómo cuidamos y multiplicamos los valores del Reino? ¿Estamos preparados para entregar cuentas de todo lo que hemos recibido?
Concédenos, Señor, tu ayuda para entregarnos fielmente a tu servicio, porque sólo en el cumplimiento de tu voluntad podremos encontrar la felicidad verdadera, por Cristo, nuestro Señor. Amén.




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