domingo, agosto 03, 2008

Ante el hambre

XVIII Domingo Ordinario
+ Enrique Díaz Díaz
Obispo Auxiliar de San Cristóbal de Las Casas

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, subió a una barca y se dirigió a un lugar apartado y solitario. A1 saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Cuando Jesús desembarcó, vio aquella muchedumbre, se compadeció de ella y curó a los enfermos. 

Como ya se hacía tarde, se acercaron sus discípulos a decirle: “Estamos en despoblado y empieza a oscurecer. Despide a la gente para que vayan a los caseríos y compren algo de comer”. Pero Jesús le replicó: “No hace falta que vayan. Denles ustedes de comer”. Ellos le contestaron: “No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados”. E1 les dijo: “Tráiganmelos”. 

Luego mandó que la gente se sentara sobre el pasto. Tomó los cinco panes y los dos pescados, y mirando al cielo, pronunció una bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran a la gente. Todos comieron hasta saciarse, y con los pedazos que habían sobrado se llenaron doce canastos. Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar a las mujeres y a los niños (Mt 14, 13-21). 

Dios así lo quiere
San Cristóbal en estos días es una ebullición de turistas venidos de todas partes del país y del mundo. Y en una ciudad pequeña, esto ocasiona las más diversas situaciones de convivencia. Por casualidad, escuché el diálogo de una familia. “Mamá, mira ese niño, no tiene zapatos y ¿por qué está tan sucio? ¿No lo cuidan en su casa?” preguntaba el niño pequeño. La respuesta no se hizo esperar: “No todos tienen tanta suerte como tú, de tener unos papás responsables y trabajadores. ¿Cuántos zapatos tienes? Y hasta los descuidas, igual desperdicias la comida. Esto debería enseñarte a cuidar más las cosas que Dios te ha dado; porque no a todos les ha dado lo mismo. Dios a ti te quiere mucho… Si Dios así lo quiere ¿qué le vamos a hacer?” Así siguió la cantinela, regaño o consejo, de la madre para su pequeño y en mis oídos y en mi corazón siguieron resonando sus palabras: “Dios así lo quiere…”

Hambre y desnutrición
A pesar del turismo, de las bellezas naturales y de la riqueza inmensa del agua, Chiapas sigue teniendo las comunidades más pobres. Cancuc, Mitontic, Chalchihuitán, Santiago el Pinar, Duraznal, Sitalá, solamente por citar algunos municipios, están considerados entre los más pobres de todo México y realmente la pobreza y el hambre duelen. Mortandad infantil, alcoholismo, analfabetismo, enfermedades de la pobreza… son pan de cada día. Niños desnutridos y mujeres anémicas claman justicia en un país que habla de incorporación al primer mundo y de los últimos adelantos, de millones en seguridad y armas, de gastos ingentes en naderías… y no somos capaces de saciar el hambre de nuestros hermanos. Pero no solamente en estos municipios, hay enormes cinturones de miseria perdidos en las grandes ciudades que a veces pasan desapercibidos o no los queremos ver. ¿Dios lo quiere así? ¡Mentira! Dios nunca ha querido el hambre ni el dolor del hermano. Basta leer con atención a los profetas del Antiguo Testamento, sus más graves denuncias, sus condenas, son para quienes, viviendo en la opulencia, dejan en la miseria a su prójimo. El grito de los pobres clama al cielo y no podemos voltearles la espalda. No podemos quedar en la indiferencia e ignorar a los hermanos.

De espaldas a la necesidad
En el relato evangélico los apóstoles al menos se dan cuenta, son conscientes de que las muchedumbres tienen hambre, y buscan soluciones… pero soluciones en manos de otros para ellos no verse implicados: “Estamos en despoblado y empieza a oscurecer. Despide a la gente para que vayan a los caseríos y compren algo de comer” En el tiempo que han vivido con Jesús han aprendido a detectar las necesidades, a estar pendientes de los demás. Se han abierto a los valores del Reino pero la necesidad los pone nerviosos y prefieren soluciones que no los involucren, que no pongan en peligro a Jesús y que la situación quede controlada. Son prácticos y realistas; desde el principio saben que los alimentos son muy escasos para aquella multitud; describen y denuncian la situación, pero no se implican en ella. No hay suficiente alimento y si se tardan un poco más escuchando a Jesús, se provocará un caos. Con estas poderosas razones están dispuestos a despedir a la gente, para que cada uno se busque su comida. Pero Jesús, no. Jesús tiene un corazón bueno y se encuentra siempre dispuesto para los demás. Sabe descubrir su necesidad profunda y sabe hacer surgir lo mejor de cada uno.

Denles de comer
Denles de comer, es la respuesta de Jesús y no bromea. Sabe que un hermano no debe dar la espalda a su hermano y cree que la persona tiene la capacidad en sí misma para solventar los problemas que afectan el reparto de los bienes de la vida. Esa capacidad existe pero es preciso ponerla en funcionamiento. El discípulo se excusa con lo más fácil: pone la pobreza como obstáculo insalvable. Pero Jesús hace ver que ese no puede ser un impedimento definitivo para un reparto de los bienes. La dificultad está, más bien, en el corazón de la persona que se abalanza sobre la posesión y el dominio. Efectivamente, el sentido de posesión vela y oculta las posibilidades de reparto. ¿No se ponen muros para que los demás no vengan a molestarnos con su hambre y su miseria? ¿Acaso no se gasta más en armamentos y guerras que en soluciones para el hambre? ¿No volteamos la espalda con la excusa que apenas la vamos pasando? Pero para Jesús no hay excusa y hoy sigue insistiendo: denles de comer.

En una mesa digna
Pero no dice que demos migajas, como a veces acostumbran los países ricos enviando desperdicios a los necesitados. Si revisamos el relato, encontramos que hay diálogo, escucha de la palabra, mesa común; les pide que se sienten sobre el pasto, como lo hace quien es libre y que puede participar con los demás; hay la participación plena y la colaboración mutua. Se entrega todo lo que se tiene, así sea muy poco, pero también se está dispuesto a recibir; sólo esta entrega y apertura hace posible el milagro. Un milagro de aquellos tiempos pero también un milagro actual: las palabras que nos dice Mateo nos recuerda mucho la Eucaristía: tomó…miró al cielo… bendijo… los repartió. La Eucaristía es la más grande expresión de gratuidad y entrega. Es el más grande milagro, pero también debe ser el más grande compromiso, va cargada con un deber social fortísimo hacia el hermano necesitado. Si no, la Eucaristía se convierte en una mentira y en una contradicción. ¿A qué nos comprometemos al participar en la Eucaristía? ¿Cuáles son nuestras actitudes ordinarias ante las necesidades? ¿Cuáles son las pequeñas acciones que estamos haciendo frente a la pobreza?
Señor, tú que eres nuestro creador y quien amorosamente dispone toda nuestra vida, renuévanos conforme a la imagen de tu Hijo, ayúdanos a imitarlo y ser coherentes con nuestra fe. Amén

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