REFLEXION DOMINICAL
29 de octubre de 2006
CRISTO, RESPLANDOR DE LA VIDA
XXX Domingo Ordinario
+ Felipe Arizmendi Esquivel
Obispo de San Cristóbal de Las Casas
En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó en compañía de sus discípulos y de mucha gente, un ciego, llamado Bartimeo, se hallaba sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que el que pasaba era Jesús Nazareno, comenzó a gritar: “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!” Muchos reprendían para que se callara, pero él seguía gritando todavía más fuerte: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!”
Jesús se detuvo entonces y dijo: “Llámenlo”. Y llamaron al ciego, diciéndole: “¡Ánimo! Levántate, porque él te llama”. El ciego tiró su manto, de un salto se puso en pie y se acercó a Jesús. Entonces le dijo Jesús: “¿Qué quieres que haga por ti?” El ciego le contestó: “Maestro, que pueda ver”. Jesús le dijo: “Vete; tu fe te ha salvado”. Al momento recobró la vista y comenzó a seguirlo por el camino. ¡Palabra del Señor! ¡Gloria a ti, Señor Jesús! (Mc 10, 46-52).
El ciego Bartimeo, por su plena confianza en Jesús, recobra la vista. Unos lo reprenden y le piden que se calle, que no siga gritando. Otros, en cambio, lo animan a acercarse. Una vez superada la ceguera, comenzó a seguir el camino de Jesús. ¡Ojalá animemos a muchos ciegos actuales, para que con confianza se acerquen a Jesús! Encontrarán la luz de la verdad, serán sus discípulos y sus misioneros. Son los que necesitamos, para que la luz del Evangelio llegue a muchas personas que están ciegas.
V E R
· Hay una región de los Altos de Chiapas, sobre todo en el municipio de Oxchuc, zona tseltal, en que no ha sido vencida la enfermedad del tracoma. Se han hecho esfuerzos por parte del Gobierno y de instituciones privadas; también de parte de las parroquias. Sin embargo, da tristeza comprobar cómo, por su pobreza, muchos hombres y mujeres sufren de una ceguera progresiva, que les inutiliza y les deprime. Se podría prevenir y combatir con sólo tener agua limpia a su disposición; pero todavía falta para que disfruten plenamente de este servicio básico.
· De un año para acá, se me venía agudizando una catarata en mi ojo izquierdo, que me iba haciendo borrosa la vista, a pesar de los lentes. Hace dos meses, me operaron y estoy perfectamente bien, gracias a Dios. Sin embargo, el costo de la operación fue elevado. Pienso con mucha frecuencia que hay muchas personas con este mismo problema ocular, y que no se operan por falta de recursos. Van perdiendo la vista y se quedan al borde del camino, algunos pidiendo limosna, otros siendo una carga para la familia. Si nuestra sociedad estuviera mejor organizada en el ramo de la justicia social, y si fuéramos más solidarios con los pobres, muchos ciegos recobrarían la vista. A veces las instituciones oficiales de salud, como el Seguro Social, no se dan abasto para atender a tantos pacientes, que deben esperar largas filas y prolongados días para su cita. Cuando las urgencias les obligan a recurrir a servicios privados, se ven obligados a endeudarse con lo poco que tienen. Es necesario que los próximos gobernantes vean la forma de apoyar con muchos más recursos los servicios de salud.
· Bartimeo, cuando oyó que Jesús pasaba, se puso a gritarle. Muchos, sin embargo, lo reprendían para que se callara; pero él seguía gritando todavía más fuerte. Así pasa siempre. Hay muchos pobres que salen a las calles a gritar su inconformidad con las injusticias. Sus gritos y consignas, sus letreros y mantas nos molestan, y quisiéramos que se callaran y se aguantaran su sufrimiento. Es verdad que se deben distinguir los métodos de las manifestaciones: unas son pacíficas y no perturban el orden social, no tapan carreteras, no destruyen cuanto encuentran, no pintarrajean paredes, edificios y momentos históricos, hay disponibilidad para dialogar con las autoridades, saben ceder en algunas de sus exigencias, no perjudican a la colectividad. En esta forma, tienen todo el derecho de hacerlo y no podemos menos que exigir sus justas demandas. Pero cuando las manifestaciones son violentas, cuando hay agresividad física y verbal, cuando hay sólo calumnias y ofensas, cuando sólo se defienden intereses de grupos, organizaciones y partidos, cuando no se tiene en cuenta el bien común, cuando hay intransigencia y se empecinan en una postura, co n razón les reprendemos. Aunque algunas de sus peticiones sean justas, por la forma en que las reclaman y porque a su paso cometen muchas injusticias, la gente pacífica y honesta con razón les descalifica.
· Hay muchas clases de ceguera, además de la física. Hay una ceguera moral, psicológica, espiritual y social. Son ciegos los padres de familia que no conocen a sus hijos, y éstos que no ven cuánto ellos hacen por su bien. Hay ciegos que no se conocen a sí mismos, ni sus cualidades ni sus defectos. Hay ciegos que no conocen a Dios y no son iluminados por su Palabra. Hay gobernantes que no captan las necesidades de los pobres y excluidos, de los presos abandonados, de los migrantes vejados y engañados, de la corrupción que les rodea. Nadie estamos exentos de esa ceguera, muchas veces fruto de insensibilidad del corazón hacia los que sufren, del egoísmo de quien sólo ambiciona disfrutar, de la ignorancia y apatía.
· Los agentes de pastoral también estamos expuestos a no ver las necesidades reales de nuestro pueblo, y limitarnos a celebraciones religiosas; a no ver el dolor de quien está tirado al borde del camino, asaltado por los ladrones y explotadores; a no apreciar las justas peticiones y necesidades de feligreses que han encontrado su conversión por caminos distintos a los que lleva la parroquia. Podemos no ver a tantos ciegos que hay a nuestro alrededor, y no ofrecerles la luz del Evangelio de una manera más eficaz. De esta manera, nos hacemos también ciegos, que necesitan el milagro de la curación.
J U Z G A R
v En la aclamación de la Misa antes del Evangelio, la liturgia resume el mensaje de este domingo en esta expresión de San Pablo: “Jesucristo nuestro salvador ha vencido a la muerte y ha hecho resplandecer la vida por medio del Evangelio” (2 Tim 1,10). En efecto, El es la luz resplandeciente que nos ha enviado Dios Padre. El es el camino, la verdad y la vida. Su Evangelio es el camino cierto, por el que no nos equivocamos. Si nos dejamos iluminar por él, no tropezamos ni caemos.
v En Jesús, se cumple lo anunciado por el profeta Jeremías: “Esto dice el Señor: Griten de alegría por Jacob, regocíjense por el mejor de los pueblos; proclamen, alaben y digan: ‘El Señor ha salvado a su pueblo, al grupo de los sobrevivientes de Israel’. He aquí que yo los hago volver del país del norte y los congrego desde los confines de la tierra. Entre ellos vienen el ciego y el cojo, la mujer encinta y la que acaba de dar a luz. Retorna una gran multitud; vienen llorando, pero yo los consolaré y los guiaré; los llevaré a torrentes de agua por un camino llano en el que no tropezarán. Porque yo soy para Israel un padre y Efraín es mi primogénito” (31,7-9).
v Lo que nos hace disfrutar este cambio de vida, sobre todo en su dimensión espiritual, familiar y social, es la fe en Cristo. Así le dice Jesús a Bartimeo: “Tu fe te ha salvado” . En efecto, a pesar de que muchos lo reprendían, él no cesa de gritar más y más fuerte, pidiendo compasión. Su insistencia lo salva. Esto es lo que necesitamos, porque algunos no insisten en su oración, y piensan que con una sola vez que vayan a Misa y se confiesen, ya todo está listo. Quisieran que Dios estuviera como adivinando sus antojos y necesidades. El ciertamente está dispuesto a escucharnos y a ayudarnos siempre, pero la oración insistente nos purifica, nos fortalece, nos prepara para recibir las gracias. Pues el ciego no se limitó a ser sanado, sino que después siguió el camino de Jesús. Así deberíamos proceder cuando pedimos milagros y ayudas del Señor: que nos cure físicamente, pero sobre todo que nos ayude a seguir su Evangelio, pues la salvación no se limita a lo material, sino que consiste en ser iluminados por la Palabra de Dios y caminar por ese sendero.
v En la segunda lectura de la Misa, se nos presenta a Cristo como el supremo Sacerdote, de quien dimana todo sacerdocio. El es el modelo que debemos seguir los sacerdotes y obispos, para que podamos también ser luz para los ciegos: “Todo sumo sacerdote es un hombre escogido entre los hombres y está constituido para intervenir en favor de ellos ante Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados. El puede comprender a los ignorantes y extraviados, ya que él mismo esta envuelto en debilidades. Por eso, así como debe ofrecer sacrificios por los pecados del pueblo, debe ofrecerlos también por los suyos propios. Nadie puede apropiarse ese honor, sino sólo aquel que es llamado por Dios, como lo fue Aarón. De igual manera, Cristo no se confirió a sí mismo la dignidad de sumo sacerdote; se la otorgó quien le había dicho: ‘Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy’. O como dice otro pasaje de la Escritura: ‘Tú eres sacerdote eterno, como Melquisedec’ ” (Hebr 5, 1-6).
v Jesucristo no se comportó como un ciego, sino que comprendió las debilidades de los ignorantes y extraviados. Nosotros tampoco podemos quedarnos como ciegos ante los sufrimientos de nuestro pueblo. La mayoría de nosotros procedemos de familias sencillas; por ello, las enfermedades y las carencias económicas nos hacen ser parte de la mayoría empobrecida del pueblo mexicano. No seríamos sacramentos de Cristo, buen Pastor, si nuestros ojos se nublaran y no captaran lo que viven nuestros hermanos. La calidad de un sacerdote es su corazón cercano a los que sufren, pues nuestra vocación no es la ambición de poder y de riquezas, sino asemejarnos lo más que sea posible al Corazón de Cristo.
A C T U A R
Ø Si usted reconoce ser uno de tantos ciegos, porque no atina al camino de la vida y con frecuencia tropieza y cae, grítele a Jesús: Ten compasión de mí. Insista en su petición y no se deje intimidar por quienes se burlen de usted y lo reprendan.
Ø Si uno de su hijos o familiares está ciego del alma, porque no conoce a Jesús y, por tanto, se equivoca mucho en sus comportamientos y decisiones, invítele a que se acerque a El. Dígale, como algunos dijeron a Bartimeo: Animo. Levántate, porque él te llama. Léale algunos pasajes de la Biblia. Llévele al templo a orar. Háblele de las maravillas que Dios ha hecho en usted. Acérquele a un sacerdote, a una religiosa, a un catequista, que estén dispuestos a escucharle.
Ø Si usted es profesor, líder de un grupo, comunicador, procure compartir con otros la luz que quizá ha encontrado en Jesús. Pero si usted sufre también la ceguera, no sea de esos ciegos que, presumiendo saber mucho, guían a otros ciegos al desbarrancadero, al pozo y al fracaso. Acérquese a Jesús, y se convertirá en luz para los demás.
C E L E B R A R
q La Misa es una acción de gracias. Eso significa Eucaristía. En muchos momentos, somos invitados a agradecer al Señor por todos sus beneficios. Al entrar en la parte central de la Anáfora, en el Prefacio, se nos invita: Demos gracias al Señor, nuestro Dios. Y se responde: Es justo y necesario. Y nuestra mejor acción de gracias es ofrecer el sacrificio de Cristo, que es lo más agradable al Padre.
q El salmo responsorial (No. 125) así lo expresa también: “Grandes cosas has hecho por nosotros, Señor. Cuando el Señor nos hizo volver del cautiverio, creíamos soñar; entonces no cesaba de reír nuestra boca, ni se cansaba entonces la lengua de cantar. Aun los mismos paganos con asombro decían: ‘¡Grandes cosas ha hecho por ellos el Señor!’ Y estábamos alegres, porque ha hecho grandes cosas por su pueblo el Señor. Como cambian los ríos la suerte del desierto, cambia también ahora nuestra suerte, Señor, y entre gritos de júbilo cosecharán aquellos que siembran con dolor. Al ir, iban llorando, cargando la semilla; al regresar, cantando vendrán con sus gavillas”.
ORACIÓN
Aumenta, Señor, en nosotros la fe, la esperanza y la caridad, para que cumplamos con amor tus mandamientos y podamos conseguir, así, el cielo que nos tienes prometido. Por nuestro Señor Jesucristo. Amén.
viernes, octubre 27, 2006
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)




No hay comentarios.:
Publicar un comentario