Amalia Avendaño
San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, 4 de diciembre.- Cientos de tsotsiles evangélicos celebraron en el paraje de Cuchulumtic, municipio de San Juan Chamula los 17 años del primer retorno de expulsados evangélicos en ese municipio en lo que constituyo un parteaguas para empezar a frenar las cruentas agresiones contra quienes profesan creencias distintas a la católica tradicionalista.
El retorno favorecido por la coyuntura del alzamiento zapatista en enero de 1994, marco el fin de las expulsiones masivas en San Juan Chamula donde sólo un año después se erigió en la comunidad de Arvenza el primer templo evangélico de ese emblemático municipio en donde actualmente hay unos 134 recintos religiosos en decenas de comunidades, recordó el pastor Esdras Alonso González.
Arturo Farela Gutiérrez, presidente de la Confraternidad de Iglesias Cristianas Evangélicas (Confratenice), consideró que la historia de San Juan Chamula es una muestra de que “con el mensaje de amor del evangélio, la paz de Jesucristo, se puede vencer la violencia; en México la violencia se puede vencer más que con el Ejército y La Marina con ese mensaje, eso hemos experimentado en este lugar donde se ha derramado tanta sangre desde hace más de 30 años y ahora hay paz”, dijo.
Unos mil indígenas evangelicos participaron en la ceremonia religiosa y posteriormente en las celebraciones acostumbradas por los tsotsiles que se realizaron durante todo este sábado en Cuchulumtic, en donde se rindió homenaje a 10 martires asesinados en esa comunidad cuando 587 personas fueron obligadas a abandonar sus hogares para refugiarse en San Cristóbal de Las Casas.
Una de ellas, Octavia, que apenas contaba con 12 años de edad en ese entonces, recordó como los tradicionalistas atacaron a su familia, abusaron de ella y mataron a sus padres.
“Con armas, palos y machetes, golpearon a mi padre y lo jalonearon en las calles; lo dejaron casi muerto a golpes. Después sacaron un arma y le dispararon y a mi madre también la asesinaron. Luego empezaron a golpearme dejándome casi muerta, escuché cuando uno dijo: ‘déjenla, ya está muerta’. A las 12 de la noche se alejaron y nos dejaron allí. A esa hora nos alistamos y fuimos a refugiarnos a San Cristóbal. Cuando salimos ya no supe qué paso pero estaba enfurecido todo el pueblo”.
A partir de 1973 y hasta 1994 unos 35 mil indígenas fueron desarraigados de sus comunidades y despojados de todas sus pertenencias impunemente por abandonar la religión tradicionalista hasta que el número, organización y beligerancia de los expulsados se equilibró con la de sus oponentes.




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