Fredy M. Pérez
Eran las primeras refriegas y cuando el padre de un taxista de apellido Narváez, del barrio de Yalchivol, vio a su hijo con el torso descubierto, una herida en la frente derecha y un hilo de sangre corría sobre su mejilla, se le nublaron los ojos. Le dio una toalla y un rollo de papel sanitario, para que se limpiara el rostro.
La tarde del lunes aun no caía. Las conatos de enfrentamiento se registraban con intervalos de varios minutos. Los socios de Transportes Unidos de la Región de Comitán (Turcom), trataban de avanzar, pero los choferes asalariados se resistían. Temían ser heridos por las piedras que llegaban frente a ellos.
“No sean miedosos”, insistían los propietarios de taxis y combis a sus trabajadores, que se resistían avanzar sobre la 9ª Sur Oriente, hacia el Hospital donde se encontraban los campesinos de la ranchería San José Yocnajab. Daban unos pasos y la lluvia de piedras los hacía volver para guarecerse en la 3ª Oriente Sur.
A través de sus teléfonos móviles, los dueños de los taxis, pedían refuerzos. “Del otro lado está Daniel Sánchez. Va atacar de aquel lado y nosotros por acá”, vociferaba un concesionario armado con un garrote y varias piedras en la mano.
Aunque en número menor, los campesinos de San José Yocnajab y transportistas de las organizaciones San José Berlín y Sociedad de Transporte Chamentic, llevaban ventaja, sobre los miembros de Turcom, Plan de Ayala y otras organizaciones de taxistas. Eran los prolegómenos de una larga batalla.
En su desesperación, los taxistas compraron resorteras en una papelería cercana, pero cuando trataron de lanzar proyectiles hacía el Hospital, las piedras hacían blanco en puertas, fachadas y ventas de las casas, lo que despertaba la risa de los choferes.
Un hombre con un tatuaje de una calavera en el brazo derecho, vestido con una playera de color negro, con el estampado again (otra vez), que se había unido a los taxistas, cuando según su versión, fue agredido por los campesinos de San José Yocnajab, procedió a recolectar piedras en un terreno cercano a una iglesia adventista.
Fue hacia las 19:09 horas, aun con una luz brillante de la tarde, que los taxistas de Turcom, por fin avanzaron hacia donde estaban los campesinos, pero un hombre con una camisa color amarillo y pantalón negro, ya venía en vilo. Había recibido una pedrada. Eran las primeras bajas del enfrentamiento.
Un minuto después, los taxistas ya estaban en la entrada principal del Hospital, donde alcanzaron a los primeros campesinos. “¡Hijo de tu puta madre. Ahora si te llevó la chingada!”, exclamaban los rijosos que sin piedad descargaban su furia con los palos y varillas sobre el cuerpo del hombre, que cayó a un lado de la llanta de un vehículo de color blanco. Varias patadas y golpes en el rostro provocaron que salpicara sangre. El anciano de apellido Narváez descargaba su furia contra el hombre que estaba en el piso, para rematar al indefenso con una patada en el rostro del desconocido. Un taxista flaco y barbado aplastó con su zapato, el pecho del hombre que vestía con una playera con la leyenda: “Generation J4B”.
La cabeza del hombre quedó sobre un charco de sangre fresca.
Los taxistas que pedían mesura, porque podían matar al campesino, quedaron rebasados.
Un alcohólico consuetudinario también fue sometido a garrotazos. Luego le ataron las manos, para abandonarlo varios minutos, pero minutos después los taxistas regresaron por él y continuaron vapuleando a garrotazos y patadas. “¡No me puedo parar! Yo solo estoy tomando”, clamó, pero los taxistas no tuvieron piedad. “Te paras hijo de tu puta madre o aquí te chingamos”. La furia no se dejó esperar y de inmediato dos taxistas lo garrotearon, para luego llevarlo a rastras hacia la puerta de urgencias del Hospital.
La escaramuzas se había trasladado hacia la 10 Sur y 2ª Oriente. Varios hombres, entre ellos dos jóvenes eran apaleados. No había piedad de los taxistas que se movían como un ejército polpotiano contra los campesinos, que han luchado por que su comunidad San José Yocnajab, cuente transporte.
Dos jóvenes con el rostro ensangrentado y con varias heridas en la cabeza recibían constantes garrotazos. Un hombre regordete, de piel morena, tomaba por los cabellos a uno de los jóvenes, para luego un ventrudo taxista hacer lo mismo, con el muchacho no mayor a los 19 años.
Un taxista de sombrero y camisa de mangas, con una piedra y un garrote vapuleaba a los campesinos.
En pocos minutos, los campesinos consiguieron colocar siete hombres sobre el piso de la entrada principal del área de urgencia. El taxista que había lanzado gas pimienta en el área de urgencias del Hospital, aun se dio tiempo de rociar los cuerpos de los campesinos.
El hombre del tatuaje de calavera, no se contenía y vapuleaba a los hombres que permanecían en el piso.
Para esa hora, cuando los taxistas de Turcom se habían quedado sin parque y destrozaban el tejado de la casa del médico García, el anciano de apellido Narváez, era traslado en vilo por un hombre. Había sido descalabrado igual que su hijo. Una pedrada le hizo sangrar en la frente, pero cuando los reporteros lo vieron caminar solo pidió: “No quiero fotos”.
La batalla encarnizada aun le falta aun largo trecho por recorrer.
miércoles, junio 01, 2011
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