Santos Antonio Tobar
¿Por qué los Estados están mal gobernados?
Hace más de dos mil trescientos años, Platón se hacía esta pregunta: ¿Por qué los Estados están mal gobernados? La respuesta que tuvo que darse fue decepcionante: Los Estados están mal gobernados, porque al frente de él se encuentran hombres ignorantes. Todos los ciudadanos saben hacer su oficio, lo conocen los zapateros, los artesanos, los fabricantes de naves… menos los que desempeñan la más elevada función de la sociedad. No saben hacer otra cosa más que adular a la gran bestia. (Esto es, buscar la simpatía y el aplauso de las masas inconscientes).
Ninguno de los grandes filósofos que han dado los pueblos a la humanidad, ha tenido tanto interés en moralizar al Estado como Platón. Su gran preocupación era el destino trascendente del hombre, y el olvido de ese destino por atender las bajas pasiones del instinto.
Él, de joven, había vivido en carne propia lo que es la injusticia administrada por el Estado. Su célebre maestro Sócrates, el fundador de la ciencia moral, en lugar de ser reconocido y honrado por los políticos atenienses, fue procesado, juzgado y ejecutado. Nada contaban sus valiosos servicios al Estado, las aportaciones a la ciencia y a la filosofía. Nada contaba el ser el gran educador de la ciudad más sabia del mundo, Atenas. (Y en la posteridad uno de los más grandes educadores de la humanidad). Él, como Antígona en la creación de Sófocles, iba a enfrentar al Estado con la muerte por hacer prevalecer las leyes superiores y eternas de la razón, sobre las leyes de los hombres de dudosa rectitud.
Platón estaba convencido junto con su maestro, que la filosofía, o sea la verdadera sabiduría, hace mejores a los hombres. Personalmente quiso intervenir en la dirección de algunos gobiernos. Al ver que sus inquietudes tenían resultados negativos, funda la célebre Academia, la primera universidad del mundo en la historia del hombre, con la intención de formar filósofos y estadistas (pero no al estilo Harvard).
De acuerdo con el famoso mito de la caverna, los hombres que no conocen el bien, no pueden amarlo. Pero quien lo ha conocido, dejará todo por su fidelidad a la filosofía que le permite la visión superior. Y así dirá: “La humanidad no conocerá mejores días hasta que los filósofos sean reyes o los reyes se hagan filósofos”.
Hoy aquí en Chiapas, a más de dos milenios de distancia de la fundación de la Academia, debemos hacernos la misma pregunta de Platón. Las posibles respuestas prefiero dejárselas al lector. La verdad ha sido que el monopolio del poder que ha existido, ha impedido que quienes buscan una mejor posición a través de la política, lo haga por el camino de la superioridad académica. Ello ha permitido la abundancia de los políticos de la improvisación.
Si de ser sinceros con nosotros mismos se trata hoy que vivimos nuevos tiempos, el deber nos impone la aceptación de un hecho, que puede resultar un tanto doloroso, pero también resulta necesario e inevitable. Partir de la verdad hoy nos conduce a encontrar nuestra verdad del mañana; partir de realidades falsas, puede halagarnos hoy, pero ello no va a conducirnos a lo que debe ser la meta deseada.
En nuestro medio social, como en el resto del continente, entre los hombres que se dedican al poder, NO EXISTE LA VERDADERA CONCIENCIA POLÍTICA. Tenemos políticos salidos de la escuela de la improvisación. No se tiene conciencia de LA ELEVADA MISIÓN DEL ESTADO, la que obliga al hombre a actuar en consecuencia. Por ello es que casi todos nuestros políticos viven perdidos en el estrecho mundo de los intereses personales y de grupo, que limitan o desnaturalizan y corrompen la función pública.
En esa misma dirección de beneficio de grupo, se encuentra también la reciente creada Academia socolteca de políticos, que a través de su más notable representante reclama hoy independencia y respeto de poderes en Chiapas. Impresiona esta improvisada sabiduría del parlamento chiapaneco, que da origen a elevados sentimientos de dignidad que no conocíamos, y que nos parecen tan exigentes, como los vivió el fundador del idealismo alemán.
Da la impresión que hoy se supera a la misma universidad de Salamanca. Allá se dice que “Quod natura non dedit, Salamanca non prestat”. Aquí se va más lejos, y se dice: Quod natura non dedit et Salamanca-non prestat, Socoltenangus facit el pro ipso donat”. (Lo que la naturaleza no dio y Salamanca no presta, Socoltenango lo fabrica y lo regala). Pero la triste realidad es que no existe tal sabiduría innata e infusa que fluye por un oculto movimiento de ósmosis. Los derrotados de la historia después de su caída, invocan principios que antes jamás se interesaron por llevar a la realidad.
El fin antes como hoy, es el mismo: no la defensa de la dignidad del que siempre debió ser el primer poder del Estado, sino la defensa de intereses personales injustificables. La escuela de Socoltenango, da la impresión de que hoy ve la luz y descubre el supremo bien del Estado. La verdad es otra. Sus discípulos siguen al lado de los prisioneros de la caverna, que sólo ven sombras. No logran descubrir la misión del Estado y el destino del hombre en el mundo.
Después de tanto tiempo, pues, seguimos lo mismo que en los remotos tiempos de Platón. Todos saben hacer su oficio, se esfuerzan por alcanzar el conocimiento técnico, menos los encargados del hacer el oficio más importante del orden social. Y este es el gran desafío hoy en tiempo de importantes transformaciones políticas. El profesionalismo de los políticos debe ser LA META MÁS IMPORTANTE A LOGRAR. El logro de esta valiosa meta, hará posible alcanzar las conquistas sociales. Existe una verdad muy clara. La medida en el cambio de las instituciones lo dará la medida del cambio en quienes van a dirigir esas instituciones.
En Chiapas, como en el resto de nuestro continente latinoamericano, se ha pensado siempre que para hacer carrera política, basta con ostentar un título académico, de preferencia en Derecho. Aunque por lo demás, el aspirante a político nunca se haya tomado la molestia de estudiar y reflexionar el CORPUS de disciplinas relacionadas con el poder.
Se da como legítimo y suficiente, ser un abogado, un economista, un contador, un ingeniero, un general… Y lo demás de su formación, se supone lo alcanza por un milagro o que con lo que el sentido común le dicte. Hablamos de ejercer en forma totalmente empírica, la más elevada función social, las magistraturas de la nación.
En algunos casos, sobre todo cuando se trata de gente de posición y acostumbrados a disfrutar de los privilegios del poder, estos títulos que pueden dar cierta cultura general incluida la del poder, son de puro maquillaje, el cumplimiento de una pura formalidad. Todo en el entendido de que la posición social puede ignorar y hasta despreciar la sabiduría académica, puesto que lo que cuenta son las valiosas relaciones sociales. Se trata de políticos que han pasado por las universidades, pero la universidad nunca pasó por ellos. De lo anterior, se pueden mencionar incontables casos.
También no es extraño encontrarse con la lamentable ironía de que se exija por ley un título académico para desempeñar un irrelevante cargo de quinta categoría, y no se requiera para aspirar a la función suprema de jefe de Estado. Todo lo anterior nos hace pensar que la academia socolteca se encuentra presente en todas partes del tercer mundo. Las clases dirigentes aún no descubren el valor del conocimiento para la correcta actualización del Estado.
Lo anterior ha dado como resultado que en nuestros pueblos hayan abundado y proliferado los políticos de «misa y olla», que nos han hecho mucho mal por lo que hicieron, pero sobre todo por lo que han dejado de hacer. Y no lo hicieron porque no lo veían ni podían verlo como tampoco lo veían sus modestos colaboradores. Son políticos que realizaron sus sueños al poder encontrar una ínsula barataria. Quien abrigue alguna duda sobre esto, fácilmente quedará convencido pasando revista a algunos de los últimos gobernadores que el Estado de Chiapas ha tenido. Pero en otras partes las cosas son peores. La historia narra que en Centro América existieron «Presidentes Constitucionales» que no sabían firmar.
¿Por qué los Estados están mal gobernados?
Hace más de dos mil trescientos años, Platón se hacía esta pregunta: ¿Por qué los Estados están mal gobernados? La respuesta que tuvo que darse fue decepcionante: Los Estados están mal gobernados, porque al frente de él se encuentran hombres ignorantes. Todos los ciudadanos saben hacer su oficio, lo conocen los zapateros, los artesanos, los fabricantes de naves… menos los que desempeñan la más elevada función de la sociedad. No saben hacer otra cosa más que adular a la gran bestia. (Esto es, buscar la simpatía y el aplauso de las masas inconscientes).
Ninguno de los grandes filósofos que han dado los pueblos a la humanidad, ha tenido tanto interés en moralizar al Estado como Platón. Su gran preocupación era el destino trascendente del hombre, y el olvido de ese destino por atender las bajas pasiones del instinto.
Él, de joven, había vivido en carne propia lo que es la injusticia administrada por el Estado. Su célebre maestro Sócrates, el fundador de la ciencia moral, en lugar de ser reconocido y honrado por los políticos atenienses, fue procesado, juzgado y ejecutado. Nada contaban sus valiosos servicios al Estado, las aportaciones a la ciencia y a la filosofía. Nada contaba el ser el gran educador de la ciudad más sabia del mundo, Atenas. (Y en la posteridad uno de los más grandes educadores de la humanidad). Él, como Antígona en la creación de Sófocles, iba a enfrentar al Estado con la muerte por hacer prevalecer las leyes superiores y eternas de la razón, sobre las leyes de los hombres de dudosa rectitud.
Platón estaba convencido junto con su maestro, que la filosofía, o sea la verdadera sabiduría, hace mejores a los hombres. Personalmente quiso intervenir en la dirección de algunos gobiernos. Al ver que sus inquietudes tenían resultados negativos, funda la célebre Academia, la primera universidad del mundo en la historia del hombre, con la intención de formar filósofos y estadistas (pero no al estilo Harvard).
De acuerdo con el famoso mito de la caverna, los hombres que no conocen el bien, no pueden amarlo. Pero quien lo ha conocido, dejará todo por su fidelidad a la filosofía que le permite la visión superior. Y así dirá: “La humanidad no conocerá mejores días hasta que los filósofos sean reyes o los reyes se hagan filósofos”.
Hoy aquí en Chiapas, a más de dos milenios de distancia de la fundación de la Academia, debemos hacernos la misma pregunta de Platón. Las posibles respuestas prefiero dejárselas al lector. La verdad ha sido que el monopolio del poder que ha existido, ha impedido que quienes buscan una mejor posición a través de la política, lo haga por el camino de la superioridad académica. Ello ha permitido la abundancia de los políticos de la improvisación.
Si de ser sinceros con nosotros mismos se trata hoy que vivimos nuevos tiempos, el deber nos impone la aceptación de un hecho, que puede resultar un tanto doloroso, pero también resulta necesario e inevitable. Partir de la verdad hoy nos conduce a encontrar nuestra verdad del mañana; partir de realidades falsas, puede halagarnos hoy, pero ello no va a conducirnos a lo que debe ser la meta deseada.
En nuestro medio social, como en el resto del continente, entre los hombres que se dedican al poder, NO EXISTE LA VERDADERA CONCIENCIA POLÍTICA. Tenemos políticos salidos de la escuela de la improvisación. No se tiene conciencia de LA ELEVADA MISIÓN DEL ESTADO, la que obliga al hombre a actuar en consecuencia. Por ello es que casi todos nuestros políticos viven perdidos en el estrecho mundo de los intereses personales y de grupo, que limitan o desnaturalizan y corrompen la función pública.
En esa misma dirección de beneficio de grupo, se encuentra también la reciente creada Academia socolteca de políticos, que a través de su más notable representante reclama hoy independencia y respeto de poderes en Chiapas. Impresiona esta improvisada sabiduría del parlamento chiapaneco, que da origen a elevados sentimientos de dignidad que no conocíamos, y que nos parecen tan exigentes, como los vivió el fundador del idealismo alemán.
Da la impresión que hoy se supera a la misma universidad de Salamanca. Allá se dice que “Quod natura non dedit, Salamanca non prestat”. Aquí se va más lejos, y se dice: Quod natura non dedit et Salamanca-non prestat, Socoltenangus facit el pro ipso donat”. (Lo que la naturaleza no dio y Salamanca no presta, Socoltenango lo fabrica y lo regala). Pero la triste realidad es que no existe tal sabiduría innata e infusa que fluye por un oculto movimiento de ósmosis. Los derrotados de la historia después de su caída, invocan principios que antes jamás se interesaron por llevar a la realidad.
El fin antes como hoy, es el mismo: no la defensa de la dignidad del que siempre debió ser el primer poder del Estado, sino la defensa de intereses personales injustificables. La escuela de Socoltenango, da la impresión de que hoy ve la luz y descubre el supremo bien del Estado. La verdad es otra. Sus discípulos siguen al lado de los prisioneros de la caverna, que sólo ven sombras. No logran descubrir la misión del Estado y el destino del hombre en el mundo.
Después de tanto tiempo, pues, seguimos lo mismo que en los remotos tiempos de Platón. Todos saben hacer su oficio, se esfuerzan por alcanzar el conocimiento técnico, menos los encargados del hacer el oficio más importante del orden social. Y este es el gran desafío hoy en tiempo de importantes transformaciones políticas. El profesionalismo de los políticos debe ser LA META MÁS IMPORTANTE A LOGRAR. El logro de esta valiosa meta, hará posible alcanzar las conquistas sociales. Existe una verdad muy clara. La medida en el cambio de las instituciones lo dará la medida del cambio en quienes van a dirigir esas instituciones.
En Chiapas, como en el resto de nuestro continente latinoamericano, se ha pensado siempre que para hacer carrera política, basta con ostentar un título académico, de preferencia en Derecho. Aunque por lo demás, el aspirante a político nunca se haya tomado la molestia de estudiar y reflexionar el CORPUS de disciplinas relacionadas con el poder.
Se da como legítimo y suficiente, ser un abogado, un economista, un contador, un ingeniero, un general… Y lo demás de su formación, se supone lo alcanza por un milagro o que con lo que el sentido común le dicte. Hablamos de ejercer en forma totalmente empírica, la más elevada función social, las magistraturas de la nación.
En algunos casos, sobre todo cuando se trata de gente de posición y acostumbrados a disfrutar de los privilegios del poder, estos títulos que pueden dar cierta cultura general incluida la del poder, son de puro maquillaje, el cumplimiento de una pura formalidad. Todo en el entendido de que la posición social puede ignorar y hasta despreciar la sabiduría académica, puesto que lo que cuenta son las valiosas relaciones sociales. Se trata de políticos que han pasado por las universidades, pero la universidad nunca pasó por ellos. De lo anterior, se pueden mencionar incontables casos.
También no es extraño encontrarse con la lamentable ironía de que se exija por ley un título académico para desempeñar un irrelevante cargo de quinta categoría, y no se requiera para aspirar a la función suprema de jefe de Estado. Todo lo anterior nos hace pensar que la academia socolteca se encuentra presente en todas partes del tercer mundo. Las clases dirigentes aún no descubren el valor del conocimiento para la correcta actualización del Estado.
Lo anterior ha dado como resultado que en nuestros pueblos hayan abundado y proliferado los políticos de «misa y olla», que nos han hecho mucho mal por lo que hicieron, pero sobre todo por lo que han dejado de hacer. Y no lo hicieron porque no lo veían ni podían verlo como tampoco lo veían sus modestos colaboradores. Son políticos que realizaron sus sueños al poder encontrar una ínsula barataria. Quien abrigue alguna duda sobre esto, fácilmente quedará convencido pasando revista a algunos de los últimos gobernadores que el Estado de Chiapas ha tenido. Pero en otras partes las cosas son peores. La historia narra que en Centro América existieron «Presidentes Constitucionales» que no sabían firmar.




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