sábado, abril 19, 2008

Una nueva Iglesia

V Domingo de Pascua
+ Enrique Díaz Díaz
Obispo Auxiliar de San Cristóbal de Las Casas


En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No pierdan la paz. Si creen en Dios, crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. Si no fuera así, yo se lo habría dicho a ustedes, porque voy a prepararles un lugar. Cuando me vaya y les prepare un sitio, volveré y los llevaré conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes. Y ya saben el camino para llegar al lugar a donde voy”.

Entonces Tomás le dijo: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” Jesús le respondió: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí. Si ustedes me conocen a mí, conocen a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto”.

Le dijo Felipe: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”. Jesús le replicó: “Felipe, tanto tiempo hace que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces? Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Entonces por qué dices: ‘Muéstranos al Padre’? ¿O no crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que yo les digo, no las digo por mi propia cuenta. Es el Padre, que permanece en mí, quien hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Si no me dan fe a mí, créanlo por las obras. Yo les aseguro: el que crea en mí, hará las obras que hago yo y las hará aún mayores, porque yo me voy al Padre” (Jn 14, 1-12).

Experiencia de unidad
Todos, niños y grandes, hombres y mujeres, se entregaron al trabajo por igual. Nadie se hizo a un lado y poco a poco se fue elevando en medio del campo la impresionante ermita construida con el sudor y el entusiasmo de aquella comunidad. Con cubetas, palas, picos y cuerdas, en medio del entusiasmo primero y del cansancio y esperanza al final, cada fin de semana se organizaban para poder terminar su ermita. “Esta ermita sí que está construida con el sudor de nuestra frente”, comenta orgulloso Eleuterio. “Ahora nos falta construir la comunidad” dice un poco en broma y un poco en reto. Pero es cierto: la comunidad está amenazada por innumerables factores que ponen en grave riesgo la unidad que hasta ahora habían vivido: partidos políticos, diversas posturas frente a los programas de gobierno, amenaza de nuevas religiones, la migración y un largo etcétera difícil de terminar. “Ahora nos falta hacernos nosotros como las piedras y unirnos, no con cemento, sino con amor y comprensión”, termina diciendo.

Una Iglesia humana
Las lecturas de este domingo nos centran en una Iglesia muy humana, con sus problemas, con sus deficiencias y con sus limitaciones, pero que está buscando construirse y sostenerse en Cristo. Me gusta esta Iglesia que se reconoce limitada y que se lanza a buscar sus bases en el mismo Jesús. El libro de los Hechos venía presentando a las primeras comunidades de una forma idealizada: con un solo corazón, con una sola alma, compartiendo y viviendo en un idilio que al contrastarlo con nuestras propias comunidades nos produce un cierto desencanto. Seamos muy realistas: nuestras comunidades están sometidas a las limitaciones de sus miembros. Las primeras comunidades también sufren estas mismas limitaciones y hoy en la primera lectura se nos muestra un pequeño ejemplo de lo que sucede en ella: hay divisiones a causa de preferencias, de atenciones mejores a unos que a otros y, en el fondo, la división de dos grupos, los helenistas y los judaizantes, que no acaban de aceptarse. Al mostrarse estas divisiones, también nos muestran la forma en que resuelven el problema. La solución no es ni callarse, ni aguantarse, no aporta solución quien solamente critica o se separa del grupo. Las dificultades también son oportunidades para nuevas expectativas. Así, de la fuerte división y los cuestionamientos, nacen “los diáconos” como una expresión de servicio y de unidad. Buscando priorizar las necesidades, a ellos se les encomienda el servicio de las mesas, pero no se les excluye, como lo comprobamos en la experiencia de la predicación de la Palabra. De una grave dificultad, brotó una gran riqueza.

Piedras vivas
En la segunda lectura, San Pedro nos invita a un acercamiento progresivo. Nosotros tendemos a quedarnos a la distancia, a la expectativa. Nos contentamos con la curiosidad y nos mantenemos “viendo” desde lejos. En cambio Pedro nos dice que debemos acercarnos a Cristo, unirnos a Él, es más, “estrecharse” junto a Él. No se trata de “aislarse” en la intimidad con Cristo, sino de entrar en la construcción teniendo a Cristo como piedra angular. Nos acercamos a los otros, nos unimos a los otros, hacemos “Iglesia” con los otros, entramos en la construcción. Sería más fácil acercar piedras, pero se trata de hacernos nosotros mismos el material que construye la Iglesia. Y para entrar en construcción necesitamos “pulirnos”, quitar aristas, acoplarnos a los demás, dejarnos sostener por los hermanos y sostenerlos a ellos. Hay que estar en el lugar donde seamos necesarios, no precisamente en el lugar que nosotros hubiéramos escogido. Es hermoso lo que dice Pedro sobre nosotros: pueblo sacerdotal, estirpe elegida, nación consagrada… pero muy humanos, con cualidades y defectos y ésta es la Iglesia y ésta es su misión.

Camino, verdad y vida
Así que, como dice Jesús, “no pierdan la paz”. En los momentos de duda, de discordias, de enfrentamientos, en las dificultades, Jesús nos dice: “No pierdan la paz”. En la Última Cena se lo advierte a sus discípulos, previendo el escándalo de la cruz, del abandono y de la muerte. Nos lo dice ahora Jesús a cada uno de nosotros que buscamos perfección y condicionamos nuestra participación al desempeño de los hermanos. Sólo Él puede ser el modelo que no nos falla. Por ello afirma: “Soy el camino, la verdad y la vida”. Sí, así lo afirma Jesús, el Camino. No las reglas, no la seguridad, sino el andar, el paso, la ruta única de salvación. También se dice la Verdad. No en el sentido filosófico, sino en el sentido de dar sentido y seguridad a la vida, de hacerla transparente. Pero sobre todo es la verdadera vida, no la sostenida artificialmente, no la aparente, sino la verdadera y total vida. Y aquí quiere Jesús que construyamos su Iglesia. No en las ambiciones de unos cuantos, sino una Iglesia transparente sin discriminaciones. Una Iglesia que sabe tiene su fortaleza en la debilidad de sus miembros mientras permanecen unidos a la Piedra Angular. Una Iglesia que siempre está en busca del rostro de Jesús para poder mostrarlo. Una Iglesia siempre en camino y búsqueda del verdadero amor y la verdadera vida.

Padre, que en el rostro de Jesús nos has dejado tu verdadero rostro, haz que construyendo sobre la Piedra Angular, seamos artífices de unidad, amor y de vida. Amén.

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